martes, 9 de agosto de 2022

Final en el Mar

 Te voy a contar lo que soñé o lo que imaginé. No lo sé.

Voy a huir al mar. Un viernes en la tarde diré a todos que iré a otro lugar, a pasar el fin de semana. Como me gusta viajar, nadie va a dudar que así sea. Pero iré al mar. Pagaré el bus en efectivo, para no dejar rastro. Si me piden un número de identificación, inventare uno. Seré otra persona. No dejando rastro de nada. Luego de varias horas en silencio y meditación, llegaré al puerto, tomaré una lancha que me lleve a otra costa. Será en la tarde que arribe como un turista que viene a ver las ballenas, como uno mas. Perdido en la multitud multicolor que se baja con emoción. Lo bueno es que yo aprendí a fingir muchas emociones. Por lo qué estaré en modo turista feliz. Llegaré a un hostal, preguntaré si hay algún cuarto libre de un día para otro. Si, vengo a ver las ballenas, eso diré. Pasaré la noche ahí pero antes daré una vuelta y comeré así sea un paquete de Detodito del rojo y una coca cola. O mejor una Ginger. Ojalá haya Ginger. Al día siguiente puede que vaya a ver a las ballenas. Sino buscaré una cueva antes de las 4 de la tarde, que es la hora en que salga la última lancha que viaja hasta el puerto. Recogeré mis cosas, me despediré: Adiós, muchas gracias por todo. Mi iré antes de que suba la marea. Hay una cueva a la que no le llega mucho el agua. Ojalá no tenga fantasmas. Las cuevas me dan miedo, pero solo será un par de horas oculto. Cuando caiga la noche saldré de la cueva. Todo en oscuridad  y el sonido del mar precipitándose contra los riscos. Será el sonido de la orquesta final. Estaré listo para empezar a navegar. Tal vez llore o tal vez me dé miedo, pero a eso vine, ya no me puedo arrepentir. Además no puedo dormir en la playa. Nadie sabe lo que voy a hacer o lo que hice. Y con el mar me iré, en plena oscuridad, con el universo alumbrando sobre mi cabeza, me iré pacíficamente. 

Lo que suceda al otro día no podría decírtelo. Es posible que el mar me arroje cerca de un acantilado. Los que me encuentren pensarán que alguien me robó y me arrojó por el precipicio. Seré solo un turista que fue ultrajado. Y de mi acto final solo sabrás tu qué me lees.

No. No debes llamar a nadie. Porque cuando leas esto yo estaré flotando en el mar, con las ballenas, rodeado de algas y en un suelo de conchitas. Así será lo que imagine. Solo imaginación…

domingo, 17 de abril de 2022

Cuando ya no estés.

 Sin duda, te voy a extrañar. 

Tendré esa sensación de vacío y dolor, la incertidumbre de saber cómo estás, qué haces y qué vas a hacer.

Ya no tendré tu voz al medio día que me acompañen al almuerzo. 

La cotidianidad me volverá un recuerdo, un tal vez, un hasta nunca. 

Y todo lo que algún día soñé, desaparecerá. 

Ya no me buscarás y yo ya no te esperaré.

viernes, 1 de abril de 2022

Despedida

Efímero y humano. Un amor romántico y leal, de una linda amistad con momentos eroticos.

lunes, 21 de marzo de 2022

Antes de ti.

Leíste mi alma antes de poder escuchar tu voz.

Tocaste mi corazón antes de yo sentir el tuyo.

Confiaste en mí antes de que yo escuchara tus secretos. 


Conociste mi mar antes de explorar tu sabana.


Acobijaste mi amor antes de yo expresarlo.


Secaste tus lagrimas con mis risas. 


Animaste mi vida con tus relatos.


Abrazaste mi cuerpo antes de decir te quiero.


Antes de mi, todo era oscuro. 

Antes de ti, nada brillaba.

Después de ti, todo es magia.

Después de mi, la eternidad. 

jueves, 3 de marzo de 2022

Llora.

 Llora, corazón, pero no te rompas.


 Deja que las lágrimas te ayuden a empezar. 


En los años que siguen, habrá alegría y tristeza, habrá dolor y nostalgia, pero que nunca se rompa. 

sábado, 19 de febrero de 2022

Momento.

 Si en algún momento, lo das todo por hecho, me sentiré halagado. 

Si en algún momento, sientes dudas, me sentiré confiado, porque no tengo un manual.

Si en algún momento, así sea de madrugada, sientes terror, me sentiré apresurado a acobijarte. 

Si en algún momento, me das tu corazón, me sentiré afortunado de guardarlo como un tesoro. 

Si en algún momento, decides irte, me sentiré en calma, porque te llevas más de lo que hubiera podido darte.

Si en algún momento, quisieras que todos los momentos fueran a mi lado, me sentiré feliz. 

Podré sentarme a tu lado. 

lunes, 14 de febrero de 2022

Días (San Valentín)

 No necesito un día para expresarme

Aunque por lo general me gustan los jueves para dedicarte algo de lo que pienso.

Y si alguna de mis pobres palabras te gusta,

Y me lo dices, así sea con tu mirar,

Yo me sonrojo cual flor de primera,

Anhelando que los días sean tan largos como solsticio de verano.

Y que en el ocaso te vea bailar con el aire,

Con cantos de pájaros, acurrucados bajo el lucero del alba, alumbrando nuestras manos entrelazadas.

Solo si tú me permites, tendremos más días para vernos y noches para amarnos.

jueves, 3 de febrero de 2022

Sobre el acantilado

 Sobre el acantilado, bajo la sombra de los árboles, divisando el campo mientras parloteaba sobre irnos a vivir a la meseta amarilla, el viento tocando mi rostro, hizo el momento más nostálgico. 

En medio de las lágrimas de tristeza y felicidad, llegó un abrazo.


Y entendí, que lo que inició como una comedia dramática, era más real que el calor del sol al medio día. 


Todo era real, tan real que no quería pensar que era un sueño. 

jueves, 6 de enero de 2022

Cuarenta Unidades de Tiempo.

 Todo empezó un jueves, día de San José. Al terminar la eucaristía, el padre en el púlpito, con voz grave pero atemorizada, aconsejó comprar lo que más pudiéramos en el mercado, pues tiempos difíciles se avecinaban y aseguró que las Iglesias iban a estar cerradas por un largo tiempo. La viejita más rezandera se persignó tres veces frente al crucificado de dos mil años y se unió a la procesión que abandonó el templo en silencio. La iglesia se vació al instante, así que aproveché para rezar en compañía de las miradas de la Trinidad y el gorjeo de las palomas. El sacristán por poco me deja encerrada, pero alcancé a terminar cuatro misterios antes de que me pidiera que me fuera. 

 

Entré al mercado que se encontraba atiborrado de compradores peleando por la última paca de papel higiénico, el último bidón de hipoclorito y las últimas bolsas de leche. Todo un espectáculo que no merecía ni una mirada lastimera, pues el pánico hace que las personas adopten una faceta frívola con sus semejantes. Sentí el terror a mi alrededor, no era ni quincena ni fin de mes y ya quedaba pocos víveres en los anaqueles. 

 

La gobernadora departamental había hablado el día anterior, informando sobre el toque de queda y los protocolos de seguridad. La noticia la repitieron una y otra vez, por si algún despistado, incluyéndome, no se daba cuenta de lo que se avecinaba. A los noticieros no les bastaba con mostrar los muertos de nuestro país, como para mostrar los muertos de otros lugares.

 

A las ocho de la noche sonó la sirena de bomberos, dio tres alaridos eternos que opacaron el sonido del teléfono. Al segundo llamado corrí a contestar. Era mi hijo. Al escuchar su voz me llené de una paz inconmensurable. 

—¡Feliz cumpleaños! —le grité.

—Cumplo el lunes, Ma.

—¿El lunes me llamas para felicitarte?

—Haré lo posible.

 

Mi hijo el biólogo, de cuarenta años, más parecido al papá que a mí, hace dos años que se fue a la selva y yo no he sido capaz de recordar el nombre del lugar. Esa selva, en lo más recóndito de Guainía. Lejos de todo y de mí. Me contó sobre cómo iba en su investigación y hablamos de la pandemia. Yo no podía entender cómo un virus que no tiene vida pudiera provocar tantas muertes. 

—Cuídate mucho, mi niño— Le digo mi niño, así sea un cuarentón. 

—Tranquila, Ma, que aquí no llega ni Dios ni la Ley y mucho menos ese virus. 

 

La noche del jueves empezó con una brisa suave y melancólica. Así fue la primera noche de toque de queda, la primera noche de zozobra y la primera noche sin papel higiénico, hipoclorito y leche en los anaqueles del mercado. 

 

La luz de la mañana del viernes se filtró por la ventana hasta tocarme la cara. Me senté en la cama mirándome las uñas de los pies con el barniz roído. Pensé que me había quedado sorda porque no escuché ni un radio, ni el más mínimo sonido musical, como si todos hubieran muerto durante la noche o caído en un hechizo como la Bella Durmiente. Pasaron varias horas hasta que el murmullo de los vecinos me hizo asomar entre las cortinas y comprendí el porqué del infame silencio. Un señor atemorizado por las falsas noticias y su mala interpretación de las sagradas escrituras, había decidido incendiar la torre de comunicaciones, con tan mala suerte que la torre cayó en la central eléctrica y dejó sin energía a la mitad del pueblo, al barrio, a mi casa y a mi nevera. A mi nevera sin leche porque ya no había ni una bolsa desde el jueves. 

 

El fin de semana fue más gris de lo esperado. No llovió, pero bastó con el bochorno como para bañarme tres veces. Gracias al cielo había agua porque esa no se puede incendiar. 

 

El lunes mi hijo cumplió cuarenta años y no le hice un pastel como las treinta y nueve veces anteriores. Lloré por primera vez en el año. Un llanto amargo y taciturno, entre recuerdos y anhelos sosegados, en una apacible soledad, acurrucada en la colcha de retazos. 

 

El martes era mi día de salir a mercar. Como si fuera un soldado en campo de guerra, me puse una máscara negra que hice con tela, una esclavina y unos guantes. Todo el ajuar para salir a combate. Me deslicé por las calles vacías hasta la puerta del mercado, donde aguardaba un guarda con aspecto de orangután. Le mostré mi cédula como santo y seña. Miró con desdén el último número. 

—Tres. Siga. Lávese las manos.

Lo odié. No me gustó el tono en que pronunció lávese, como si yo estuviera infectada, como si fuera una refugiada de Agua de Dios.

 

Dentro del mercado las cosas no fueron mejor. Los cajeros tenían traje de astronauta, en el suelo había marcas con pintura amarilla que indicaban dónde pararse, no había canastos y yo no había llevado la talega. De repeso el olor a cloro me hizo estornudar y todos los números tres voltearon a verme. Sí, fui yo, la de la peste bubónica. En ese momento anhelé tener a mi hijo acompañándome, pero él es un cuatro. El orangután no lo hubiera dejado entrar. Hice la fila y me paré sobre la línea amarilla. Cada artículo fue bañado en alcohol por el astronauta y usé la esclavina como talega. Me la colgué de los hombros como un ropavejero y salí espantada.

 

Los días pasarón con lentitud extrema, como si cada uno fuera solsticio de verano. La vida siguió sin energía, sin leche, sin saber nada de mi hijo y sin decirle feliz cumpleaños. Pero había agua. Dios aprieta, pero no ahorca. Cada día no había más gloriosa recompensa que retirar el polvo de las gavetas de la cocina, ordenar los platos del bifé o limpiar las rendijas de los azulejos del baño. Excepto el martes, día de mercado y de retirar la hojarasca que se acumulaba en el antejardin. 

 

Una madrugada desperté con un fuerte dolor en la boca del estómago, un vacío que no pude zafarme con masajes ni con clemencias celestiales. Caminé a tientas hacia la cocina, me tomé un sorbo de agua que me ocasionó una fuerte punzada hasta tumbarme en el piso. Fue la segunda vez que lloré, pero esta vez en el suelo de la cocina. Me sentí morir.

 

Una parvada de loras pasó encima del techo y me desperté del soponcio para darme cuenta que ya no tenía comida. Suspiré. Me vestí para la guerra. Tapabocas y guantes y me lancé al mar de viriones. 

—Hoy es cinco. Vuelva el martes— dijo el orangután frente a la puerta del mercado.

—Vendame una manzana.

—Ya no hay frutas.

—¿Y leche?

—¡Ja! Mi señora hágase a un lado y deje pasar a los cinco.

El orangután no me iba a dejar pasar. Caminé por el centro buscando otro mercado y para aumentar mi suerte, me fui de bruces con la policía. No me multaron de milagro y me hicieron devolver para la casa, sin antes darme una cátedra de los síntomas que debía saber para acudir al hospital.

 

A mi edad, el orgullo es soberbia y la soberbia no me iba a quitar el hambre. Sin conocer el nombre de la vecina, le pedí una panela prestada hasta el martes. Me la regaló y no acepté. Ella insistió y para desviar la conversación le pregunté qué día era. Tres de mayo, me dijo. Tres días para ir al mercado. 

 

Puse a hervir agua y metí la panela. Mientras se hacía el aguapanela, entre al cuarto de mi hijo. Era el único lugar que no había ordenado durante el encierro. Pasé la mano por sus libros y noté uno grande y rojo. El pequeño Larousse Ilustrado de 1958. Había pertenecido a mi mamá, luego a mí y por último a mi hijo. Lo abrí y busqué una palabra que me estaba carcomiendo. La leí.

—CUARENTENA: Conjunto de cuarenta unidades de tiempo: días, meses, años, etc.

Cuarenta. Como la edad de mi hijo. Como los años de viuda. Cuarenta días encerrada. Me pregunté si sería capaz de soportar cuarenta meses o años más. Cuarentena. Cuarenta antenas y aquí ni una. Cuarenta unidades de tiempo. 

 

Los golpes en la puerta me sacaron del ensimismamiento. Había nubes grises dentro de la casa. Empecé a toser y una masa pegajosa se deslizó por mi garganta. Llegué a la puerta dando tumbos sin saber si era de día o de noche y si aún estábamos en mayo.

—¡Vecina! Mire el humo, ya iba por los bomberos. ¿Es que no huele el olor a quemado? 

 

No lo olí. Estaba desorientada. Sentí una punzada en el pecho y se me hizo difícil hablar. Todo se quedó oscuro como el hollín. Tenía el virus. Lloré por tercera vez y pensé cuantas unidades de tiempo me faltaban para dejar de respirar.

 

 

Oscuridad.

Le gustaba mirar a la oscuridad. Tenía el deseo de ver moverse a alguien en medio de las tinieblas. Pensaba que si alguien se movía, era uno de esos demonios que acecha sus más terribles pecados. En medio de la oscuridad, esperando a que cayera del abismo para devorarlo rápidamente. 

miércoles, 29 de diciembre de 2021

Haiku #18

 Las hormigas en fila

Llevan hojas

Como las olas del mar


El viento de la montaña

Azul a lo lejos 

Calma todo el ruido


La cigarra canta

Reposando en el tronco

Hasta que el sol muere


Los pájaros vuelan 

De madrugada 

Y sonríen al sol


Torres de piedras

Valle de cañas

Un haiku para ti



martes, 28 de diciembre de 2021

Enamorarse.

 

Enamorase de algo o de alguien, es meramente química. Pero va más allá de algo científicamente racional. Enamorase de alguien es sentirte en el paraíso, sentir que todo su ser te pertenece y quieres pertenecerle. Es sonreír cuando sonríe, es ver el sol cuando lo ve, es llorar cuando llora. Es tratar de hacer que lo gris de la vida se vuelva arcoíris, sin importar la hora ni el lugar. 

Enamorarse 5 o 10 veces al día. Enamorarse de como ríes, de cómo cantas, de cómo hablas y cómo recuerdas tu infancia. Enamorarse de tu cabello, de los lunares en tu cara, de la curva de tu abdomen o del movimiento de tus manos cuando me tocas. 

Si me enamoro de ti, puedo hacerlo una y mil veces. Pero si te amo, solo lo haré una vez. Porque amarse, son dos que se miran y saben sin musitar, que sus latidos van al mismo ritmo, después de enamorarse una y otra vez desde el amanecer.

sábado, 25 de diciembre de 2021

Majo

 Majo, Majotlan. 

Durante este mes de diciembre, y en vísperas de mi aplazada partida a España, que ha dado tantos rebotes como pelota en el marco, tuve la gran oportunidad de comprartir con mi sobrina, más allá de una ida al parque, una cena o un corto saludo después del trabajo. Empezaré con la típica frase que usan las personas cuando exaltan a alguien querido, “no es porque sea mi sobrina pero…” Majo es adorable. Sería una definición corta pero concreta de lo qué es esta niña.

Majo tiene 7 años, su cabello es largo y de un castaño brillante, su piel es bronceada y tiene ojos grandes y como la canela. Es una niña linda, que le gusta las historias que cuenta su mamá, mi hermana. Es una niña que desea dar todo lo mejor, intenta ser lo mejor y se adapta fácilmente a las circunstancias. Majo a crecido rodeara de amor y muchas comodidades, un privilegio del cual estamos conscientes y nos alegramos que tenga una infancia feliz, tanto o mejor como la que tuvimos su hermana y yo en el campo.

Compartir estos días con ella, me dio a entender la dinámica de los niños, más allá de los procesos fisiológicos o patológicos. Cuando estábamos en la fila para pagar alguna compra, Majo se deslumbraba de los objetos a su alrededor y en medio de trueques y promesas con su madre, lograba uno que otro dulce. Ahí es cuando mi furor médico se emocionaba haciéndole entender, eso creía yo, que ciertas cosas no eran buenas para su salud. Y empezó una acalorada dinámica de la que poco a poco tuve que rendirme. Una tóxica mezcla entre ansiedad, temor de la pandemia y conocimiento médico me catapultó a criticar cada una de sus acciones: No toques eso, lávate las manos, no cojas eso, eso tiene mucho dulce, eso es solo azúcar, esto tiene rojo 40, no es sano, súbete el tapabocas, no, no y no. Mi hermana no me restringía, pero en un instante en la cena de los días siguientes, después de un pequeño discurso sobre el exceso de sodio en unas cajas de galletas, mi hermana le pregunta a Majo que si su tío es muy regañón. Majo me mira y luego le responde: a veces. Mi corazón sintió tristeza. Sentí que protegerla y esperar a que no se enfermera, estaba cohibiendola. Le dije que lo hacía por su bien, pero que no iba a ser tan canson.

Mi niña, la que ama las rimas, a la que le gusta jugar a las amigas con su tío de 32 años, me daba una enseñanza gigante. Con mesura aprendí que por más que yo quiera que algo ate bien, depende del otro. Y eso a veces lo olvido. Espero no hacerlo nunca más. 

Ese mes de diciembre, la vi reír de felicidad, asombrase, sentirse cansada y más fuerte que nunca, ser modelo, ser nadadora, comer dulces y frutas, ser valiente y temerosa, soportar las bromas de su tío, ver TV,  jugar a la maestra, viajar y soñar. Y sobretodo, me dio la oportunidad de verla crecer, como nunca lo había hecho. 

Cuando mi querida niña, sea mayor, cuando la adolescencia la enmudezca y quiera tomar sus decisiones, deseo que recuerde a su tío, el que le hacía rimas en la piscina, el que siempre estará para ella, el que la ha socorrido y el que la protegerá. Me gusta pensar, en un día como hoy, que cuando yo no esté o yo no pueda verla crecer, haber tenido el placer de ayudar a tener una infancia un poquito feliz. 

miércoles, 15 de diciembre de 2021

La Princesa

 —En una hora es la audiencia, necesito que estés lista— dijo el edecán mientras ponía una charola de perlas en la mesa de noche. 

 

Ese día sería el más grandioso, pues conocería al Emperador y tendría la oportunidad de cambiar su vida para siempre. Se estremeció en la cama para quitarse las cobijas de encima. Observó en el cristal de la ventana, que le servía de espejo, sus dotes de mujer incrementados por el amanecer. Agarró las perlas y las engulló sin ningún arrepentimiento, dándose cuenta de su grandiosa capacidad para tragar, sonriendo de forma pícara recordando un pintoresco episodio de su vida.

 

Se metió a la regadera y observó la sombra de su cuerpo desnudo en la pared. Tallo su piel con esmero, en especial sus pómulos que se tornaron de un carmesí tenue para evitar la necesidad de maquillaje. Se sentía radiante, con el corazón desbordándose en el pecho, con la respiración agitada y con la osadía de un fiero león. Se puso el vestido verde manzana que encontró en una silla mientras pensaba en cada uno de los nombres de los hijos que tendría con el Emperador. 

 

De nuevo tocaron a la puerta, eran dos edecanes vestidos del blanco más puro, quienes le ajustaron su corsé. Los tres salieron por la puerta al pasillo. Al caminar se sentía bella, incluso más bella que las demás princesas que empezaban a salir de sus aposentos hacia la audiencia.

 

Después de unos cuantos metros llegaron a una gran sala llena de princesas y cortesanos. La alegría la invadió de repente y empezó a danzar para llamar la atención del Emperador. Quería que la viera y la escogiera como su Emperatriz. Hizo una serie de ademanes reales y el saludo de princesa, sin antes notar que se había vuelto el centro de atención. 

 

Mientras danzaba sin cesar, uno de los edecanes se acercó al Emperador y le susurró algo que ella interpretó que sería la escogida.

 

—La paciente de la habitación 31 necesita que se incremente la dosis del antipsicótico, está delirando con ser princesa—

martes, 14 de diciembre de 2021

Santander.

En Santander de Cantabria, donde las montañas se asoman, como una sábana de Ramas, con caminos perplejos y zigzagueantes, caminos de hormigas y mulas, de Torres y Valles, de azules y verdes. 
En medio del sol, su brillo es el que da calor. 
Suspiros dóciles, ternura infinita, júbilo juvenil, la fuerza de un león y la ternura de la cría. 
Un infinita oportunidad de fragancias y texturas, de sueños en noches fulgurantes y endurecidas.
De ojos bravos y mirada desafiante, que se nublan con la sonrisa de mil cuarzos.
Estrellas que adornan su matiz, estrellas que brillan en su pequeña nariz.
Entramado delgado y altivo, rebotando como globo entre el cañón y las peñas. 
Vencedor de centauros, higuera de montaña dulce, cordillera de caricias infinitas.
Aliento a manzanas y miel, de tizne ondulado y manos largas que acariciar anhelan.
Eres luz de vida, recinto de añoranzas, despertar de amores y cuna de latidos. 
Invisible al ojo, intangible pero tan calido y cercano. 
 Retumba tu ser entre los Santos. Retumba desde la Sabana al Valle. Retumba el amor del Santander. Retumba el cuerpo que quiere envolver.
Sin dejar de soñar, es una maravillosa realidad qué Santander retumba más allá de lo qué se puede tocar y por eso se añora como suspiros de medianoche. 

Miedo.

A veces cuando llega la noche y con esta, la oscuridad
Es cuando más temor me da.
Y no es miedo de un duende, el mohan o una bruja,
Es un miedo que no logro identificar y a la vez conozco muy bien.
Más que miedo, es frustración. Más que frustración es desesperanza. Más que desesperanza es minusválida.
Sentir que me apago. 
Que me voy en el olvido sin remedio.
Que me pierdo sin hallarme.
Que me escondo en las tinieblas de un pasado que no quiere ser desempolvado.
Solo en la noche vuelve aquello que se rehusa a deshabitar mi mente y no me deja respirar.
En sueños me despierta, me nubla y me aniquila.
Ay de mi! Ay de mi que me acongojo.
En gotas de copas extras queda mi derroche de llanto y amargura.
En gélidos gemidos de medianoche, con la cara entre la almohada, asfixiando mi tristeza que al llegar la mañana, con el cálido despertar de tu llamado, abandonan mi ser y me permiten sonreírte de vuelta.

miércoles, 1 de diciembre de 2021

Luna


Es verdad, que entré

Más oscuro esté

La Luna de los pobres

Alumbra


Dando un toque azul


Como reflector opaco


Desnuda desde el cielo


Contemplada desde el campo.


Apaciguando el frío


Menguándo el llanto


Noche de Luna llena


De secretos y poemas


Que el alma anhela.

viernes, 1 de octubre de 2021

Caballo.

 Vi un caballo libre

Delgado, bayo y de balayage crin

No tenía marca de hierro en la pata

Pezuñas sin herraduras

Sin chalan, rienda o bocado

Pastaba en un lote baldío

Con paso sonoro y tranquilo

Un caballo libre y sin miedo a nada

jueves, 16 de septiembre de 2021

SOBRE VAN GOGHT

 Aquel hombre holandés, delgado y alto, de ojos celestes y mirada perdida, de barba enmarañada como crin de caballo, de cabello abundante y remolinos cetrinos, de dientes como mazorca, con manos grandes y virtuosas, de andares vagos y noctámbulos, ensimismado en un mundo de colores nada austeros, perdido en el dolor de un epitafio de un funesto sepulcro familiar. Él, Vincent, con el nombre de su hermano que nació muerto exactamente un año antes de su nacimiento, no despertó jamás del gélido beso de las sombras que le carcomieron la mente al creerse extinto. Era un hombre extraño que vagaba por los campos de la Provenza, entre cultivos de lavanda y hortalizas, pintando entre el frio de la primavera y las brazas del verano Francés. Aquel hombre delgado y alto, parecía triste.

Entre hojas, libretas, carpetas y lienzos, se formó la inconmensurable colección de 900 obras, que en su momento no valían ni los cinco francos que pagaba por la habitación más inhuma de un hotel de Arles. El carácter cándido invadió a Vincent, una vez que se estableció en un estudio que arraigo como propio, apaciguando el desconsuelo de sentirse desalmado y sin un lugar donde escapar de las pérfidas miradas que lo desolaban, porque nunca dejó de ser un extraño, aquel hombre holandés en tierra francesa. Solo el recuerdo de la casa amarilla, como se llamó su estudio, quedó en un museo, pues su edificación no se salvó de la guerra que devastó a Europa.

En sus obras, valoradas post mortem, se vanagloria la luz y el dominio del color, el cual fue el más asombroso de la época, pues logró trasformar el dolor de su atormentada existencia en una explosión cósmica de belleza sin igual. Con el uso incandescente del amarillo, tan amarillo que se comparó al que se usa para dividir cada carril de una vía; tan vital, con luz propia como reflejó del sol, como el fuego que sentía su corazón y como la fuerza temeraria para cortarse una oreja.

Pintar sobre las emociones puede llegar a ser fácil, pero usar la pasión, tu miedo, tu tormento y dolor para representar la alegría, el éxtasis y la magnificencia del mundo, solo lo ha logrado aquel hombre extraño, de apariencia ermitaña e inculto, pero con un corazón tan maravilloso, que guardó el secreto de su desdeñado final. Ni la agonía en el lecho de muerte, logro desencajar una sola palabra sobre lo acontecido. No hubo tiempo de dar aviso a nadie, no se podía hacer nada por el holandés errante, que se llevó el secreto, junto a su hermano nacido muerto.

Van Gogh es el mas popular de los grandes pintores de todos los tiempos, nadie a logrado igualar lo majestuoso de la sencillez con que retrataba lo que veía, sin duda el mejor, que ni con lágrimas de alegría lograría desdeñar su rasposa barba que se sentiría cálida en un abrazo de gran admiración.

miércoles, 3 de junio de 2020

De Alejandro.

Mi mente da vueltas en ese huracán que eres...

En esta tormenta de emociones que se lleva a su paso las casas de mi ser construidas por miedos, prejuicios y paradigmas.

Y es tan incierta para mi tu naturaleza que justo en el momento que creo saber quien eres, escapas de mis manos como aquel conejo blanco...

Para mi tranquilidad, se que nos reencontraremos en el alba, después de aquella tormenta de vientos huracanados.

Allí en un horizonte en calma donde el hálito de tu boca parece ser el dulce rocío del amanecer y tus ojos los destellos del sol que engalanan mi día.

Alejandro Antúnez