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martes, 19 de mayo de 2020

Elsa y las Cerezas.


El día que mataron a Elsa, la bruja de Santa Rita, la familia Valderrama descansó de 50 años de acoso. Cuando el patriarca de la Familia Valderrama llegó a la comarca, compró los terrenos de más de  1 legua de largo, desde la sierra hasta el margen occidental del Río y los pobladores de Santa Rita pasaron a ser sus empleados. El paisaje parecía un tablero de ajedrez, entre terreno de la familia y el terreno de los pobladores. El patriarca hacendado se convirtió en la primera autoridad de la comarca, dejando a su partida una opulenta tajada para cada uno de sus 10 hijos.

El hijo menor del patriarca, Arturo, quería unificar los terrenos que le correspondían de herencia. Quería unir su casa con los terrenos cultivables, pero había un pequeño hogar habitado por una mujer solitaria a quien no se le conocía cónyuge ni descendientes, Elsa, quien cultivaba y vendía las cerezas más rojas a 100 km a la redonda. Sabia que una mujer en esa casa se había negado a venderle el terreno al Patriarca, por lo que Arturo le pidió a Elsa que le vendiera su casa para construir un camino que uniera los terrenos de su herencia. Ella al ver a ese hombre portentoso, con elegancia para hablar y porte cortesano, cayó enamorada y por un instante contempló dejar de rehusarse a la venta de su casa pero se negó de nuevo. Así que Arturo se marchó sin más pero dejó una semilla en Elsa que echaba raíces de forma exponencial. 
Cada mañana en la casa de Arturo amanecía un canasto con cerezas que eran devoradas por Arturo y otros miembros de la familia. Elsa no aceptaba nada a cambio aunque sin Arturo saberlo, le pagaba sus presentes con solo pavonearse en las inmediaciones de la mujer. La madre de Arturo escuchó de los rumores de la amistad de su hijo con Elsa y de inmediato arregló una boda con una bella joven de la comarca vecina, cuyo nombre iluminaría Santa Rita, Aura. Fue amor en primavera. Aura era inverosímil en cualquier aspecto a Elsa. Prontamente tuvieron a su primogénito y el corazón de Elsa se rompió y la amargura y desamor se apoderaron de su ser, por lo que desdeñada y sintiéndose miserable, empezó a internarse en el bosque. Se volvió huraña, desgarbada y ampollosa. Con el cabello ralo y un abandono total de su casa y cosecha que la llevaron a la emaciacion. 

Una mañana Elsa, con su gran cambio figurativo, se presentó a la casa de Arturo y Aurora, pidió empleo pues ya las cerezas no le daban para comer. Arturo la aceptó pensando en todo el tiempo que ella lo despertaba con el rico fruto y notar el deterioro de su persona. Pasado un breve tiempo, Aurora y Arturo acudieron a una reunión familiar dejando su pequeño tesoro con Elsa. La confianza se había hecho firme tras largas tardes de diatribas entre las dos mujeres de la casa. Más tarde en la noche, de regreso a su hogar, Arturo y Aura encontraron un muladar se personas a las afuera de su casa. El corazón de Aurora se desbordó como el galope de los caballos cuando observó como su pequeño yacía inerte y azul, con una cereza en la boca que le obstruía la respiración. De inmediato Arturo y un pequeño ejército marcharon en medio de la noche hasta el pequeño enclave en busca de la asesina y al no encontrarla, la ira se despotricó en las paredes que alguna vez conformaron un hogar. El fuego consumió rápidamente todo a su pasó hasta llegar al cerezo que fue talado y apilado. La sorpresa de todos al encontrar restos óseos debajo de las raíces les confió un terrible predicamento, era claro para todos, Elsa era una bruja. Se había sumergido en el bosque y la maldad dentro de ella buscaba venganza a un corazón roto. 

Arturo y Aura se recuperaron de su dolor y en 15 años, ya tenían una docena de niños merodeaba por los potreros de la propiedad, quienes gustosos se encargaban de ayudar en los cultivos y enriquecer a la comarca con su encanto y distinción. Arturo construyó un caminó y sepultó en una bóveda los restos óseos, bendecidos una vez por semana por el presbítero. Años después, el hijo mayor homónimo, segundo en posición respecto al primogénito asesinado, se casó con una mujer callada y servicial, cuyo pasado parecía inventado, pero que al ver el amor que le profesaba el hijo, deshilachó toda muestra de inconformidad. El hijo homónimo pidió su parte de la herencia y su padre le concedió un terreno frente a la iglesia de Santa Rita. Allí se levantó una gran casa que fuera la envidia de todas las mujeres de la comarca. Una vez instalados, la tragedia los volvió a embargar. El hijo homónimo empezó a ausentarse de su trabajo en el campo, a perder peso y agobiarse por nimiedades. La muerte se le presentó una mañana, mientras desayunaba murió ahogado por cerezas. La mujer con quien se había casado no era más que la amante frustrada de su padre y asesina del primogénito. Ahora cegando la vida de un nuevo familiar. 

La tragedia continuó y uno a uno, los hijos de Aura y Arturo murieron de forma macabra, siempre ahogados por cerezas. Tales hechos confirmaban una vez más que Elsa seguía en su venganza. Así que Arturo, convenció a Aura de enviar fuera a su hijo menor y ahora único heredero, para mantenerlo alejado y a salvo de la bruja.

El hijo menor de Arturo, regresó años después desposado a una joven mujer y se instaló en la casa que pertenecía a su hermano mayor, frente a la iglesia. Con una apariencia temeroso y taciturno, atormentado con los recuerdos de una infancia voraz. Pero formó un hogar en la casa que hizo encerrar en hierro rutilante, paredes blancas y flores de todos los colores. Allí crecieron sus dos hijos Eduardo y Fernando. Uno rubio y otro de cabello oscuro. Eran la copia exacta de la casta Valderrama. Y por un instante se sintió a salvo y feliz. 

El hijo menor de Arturo mantenía alejados a sus hijos de todo improperio de Santa Rita. Su esposa quedaba cada mañana al cuidado del hogar pero se le dificultaba mantenerlo en pie pues era una casona de 10 habitaciones que se asemejaba a la casa principal, donde vivía Arturo, Aura, una nuera y tres nietos huérfanos prontos a ser considerados adultos. El hijo menor de Arturo era quisquilloso con las personas de la comarca. No aceptaba visitas y no frecuentaba a su familia con frecuencia. Las miradas a través del hierro fraguaban un ambiente de observación inquisitorio pues la hermética casa llamaba la atención. 

Una mañana de mercado, la madre de los retoños escudriñando entre los vendedores , deslumbró a una anciana dama vestida de azul, de manos duras, ojos amistosos y una sonrisa desdibujada, sentada en el piso al lado de un canasto llenó de las cerezas más rojas que nunca hubiera visto. La esposa degustó una de las cerezas, sintiendo el fuerte sabor que la obligó a comprar el canasto entero. La anciana dama le agradeció la compra y le aseguró que a la semana siguiente traería más cerezas. Cómo el canasto es pesado, la anciana dama le propone ayudar a cargarlo mientras la mujer carga el resto de las compras. Una vez dentro de la casa, la anciana dama se despide asegurando su pronto encuentro. Los niños quienes al probar las cerezas caen en un letargo de sabores que los transporta a un estado onirico. La mitad de las cerezas se consumieron en un instante y la madre procura guardar unas pocas para el resto de la semana. 

Cuando su esposo llega a casa, le relata lo sucedido pero alcanza a terminarlo por los gritos de enfado que se escuchan hasta el bosque. Su esposo llora de terror y le cuenta sobre Elsa, mientras ella siente el hormigueo en el occipucio y el temblor de las falangetas. Ya no están seguros en casa así que se le propone mudarse a la casa principal mientras le dan caza a Elsa. No va a tocar a ningún Valderrama nuevamente. Se trasladaron a la casa principal, construyeron un muro de hierro, llenaron de metales afilados en las esquinas del techo, hicieron círculos de sal y cal viva, pintaron cruces con carburo, cortaron los árboles cuyas ramas sobrepasaran el muro de hierro, despidieron a las mujeres de la servidumbre y le negaron la entrada a cualquiera que no pernoctará en la casa.

1 año después de los cambios y el temor, las noticias de la caza de brujas era infructuosa. La mañana de aniversario de matrimonio de Arturo y Aura, el hijo menor de Arturo y su esposa, no encuentran a los niños en sus camas. La sorpresa es menguada por un haz de luz que se filtra por la puerta. A lo lejos, cerca a la forja de hierro, los dos niños están de pie, en pijama, comiendo cerezas al lado de la anciana dama quien aguarda a ser invitada. Los gritos de los padres ahuyentan a Elsa y mientras corrían a reprender a sus hijos, estos cayeron en el letargo del cual no despertarían. Besaron sus caras cianoticas y al interior de la casa, la familia lloró con amargura la muerte de los niños, inocentes de un amor utópico. 

Esa noche la luz se apagó en casa, pero afuera estaba incandescente. La figura de Elsa se presentó frente a la ventana, riendo, rasguñando, caminado por el tejado, gritando y ufanándose de su legado mortal. Antes de que los niños murieran, la habían invitado a pesar. Eran dos niños buenos que vieron una amiga en Elsa. Santa Rita se alertó del nuevo evento mortal y conocedores de la historia de ataques de Elsa, se acercaron a la casa con llamaradas, picas, machetes y toda clase de elementos metálicos que les pudiera servir para matar a la legendaria bruja. La batalla empieza con las primeras bajas pues el temor hace precario el valor de combate en una guerra ajena, así que la familia está sola contra la bruja. Solos y confusos, porque no entienden porque Elsa se ha empecinado en acabar con la familia. Elsa pide entrar a la casa, quiere ver a Arturo. Se ríe, llora, grita, vuela como un huracán que estremece el techo. Dentro de la casa, en medio del llanto, Arturo agobiado por la edad y el dolor les cuenta a los oyentes que cuando era joven, Elsa se enamoró de él, pero por no cumplir con las expectativas se casó con Aura, la matriarca. Les dijo que sólo él tenía la culpa del roto corazón, así pues al orquestar un plan pírrico, Arturo sale de casa a su encuentro frente a frente con la amante defraudada. Elsa se acerca volando, vilipendiando a los observadores con los ornamentos arrancados de los potreros por el viento. Su faz es sombría, su cabello cano cubre las cuencas y las manos huesudas desean mullir el viejo cuerpo de Arturo, se para frente a él y lo besa por primera y última vez. La calidez del beso la envuelve y cierra los ojos en medio del clímax. 

El hijo menor de Arturo, el único vivo y ahora padre de dos niños muertos, con el llanto cegado y siendo fiel a su padre, cumple con su deber. Su corazón se detiene mientras toma una Hoz de media luna, se acerca a la pareja que se besa envueltos en hojarasca y con el dolor más grande del mundo, los degolló. La luz de la luna alumbra las pérdidas y la sangre de Elsa emana con tanta potencia que los coágulos rojos acerezados ciegan la vida de todos en la casa. Hay silencio total. El olor a cereza se mezcla con la mortecina que aumentará cuando salga el sol. 

lunes, 10 de diciembre de 2012

Aun no.

Y les dijo que aún no, que esperaran, que todavía no salieran. Pero no lo escucharon, así que se quedo callado. No les importó su reclamo y salieron. Él los vio ahí, sentados, como si nada, sin temor, como si la vida se les hubiera salido por los ojos. Estaban ahí escuchando la voz gangosa, esa que pareciera que no se cansa de decir las mismas historias de muerte, la voz que les contaba de los asesinatos donde doña Gloria Arciniegas o en la Botica de Jesús Alarcon. Y les dijo que no, que entraran a la casa, que todavía no salieran, pero lo volvieron a ignorar. Y fue allí sentados, escuchando las historias, ahí mismo fue donde encontraron la paz eterna. No vieron el sol de nuevo, pues las alas de la muerte se las cegó en una ráfaga de disparos. Ahora son libres, pero él se quedó esperándolos. 

viernes, 15 de junio de 2012

Lagrimas de sangre.


Tan feliz que se le veía. Tan unida a su familia. Con sus vestidos de los años 50 traídos a la modernidad, algunos imitando el estilo de Jackie Kennedy, siempre maquillada y lista para salir. Catando vinos, riendo y paseando de la mano de su esposo, el prestigioso medico, el doctor Eduardo Valder. Era ella, Juanita Valder, quien ahora con unos años de más se sentaba a mirar el sol de la tarde sin nada que hacer, con una tasa de café fría y amarga, recordando el pasado, añorando sueños no cumplidos y esperando a que su esposo y única hija regresaran a casa o al menos la llamaran para decirle que el trafico estaba insufrible y tardarían en llegar. Cada día se había vuelto igual, sabia que era fin de semana por que su hija Lucia Valder no hacia ruido al marcharse al instituto y que iniciaba el Lunes, porque la casa quedaba vacía. Las únicas exhalaciones que hacia durante su eterna estancia en casa eran suspiros. Ya no llevaba el cabello lacio y planchado sobre sus hombros, no se ponía las perlas que su madre le había regalado cuando se comprometió con el medico y su barniz de uñas ya no estaba tan a la moda. Podría decirse que la mujer del aseo se vestía y se veía mucho más presentable que ella. Su tristeza se había hecho más grande, cuando su esposo empezó a dar conferencias por el país, pues había logrado un gran hallazgo en el campo de las neurociencias y le requerían más a menudo, y pues el doctor Valder se había negado a renunciar a su ardua labor en el hospital; por lo tanto Juanita había pasado a otro plano, el del hogar y ya no era digna de presentar en los eventos a los que asistían en la semana. Se lamentaba no haber terminado su carrera. Hubiese sido magnifico estar en el hospital entre pacientes, pensaba con melancolía. Siempre quiso ser pediatra, pero cuando cursó pediatría se desilusiono al ver morir en sus manos a un recién nacido y entró en una crisis que consiguió sacarla de la facultad, permaneciendo en el pabellón de psiquiatría hasta que su esposo la encontró y empezó el romance. Tal vez pensó que seria bueno ser una mujer promedio que se quede en casa a cuidar a los hijos, verlos crecer y compartir con ellos, para ser una excelente madre y darles una feliz infancia como la que tuvo en una pequeña ciudad del sur del país. Pensó. Pero en realidad no había sido así. Antes de que su hija naciera, ella bailaba y disfrutaba de la vida nocturna fuera con o sin su esposo, pues las esposas de los médicos del hospital salían con frecuencia a costillas de los sueldos hospitalarios. Juanita no era derrochadora, pues no tenía la necesidad de depender de su esposo, ya que era la única hija de un empresario de origen catalán y de una enfermera, que le dieron cuanto pudieron. Cuanto añoraba su antigua vida, cuando se llamaba Juana Antonia Borell Ripoll-Rizo y disfrutaba de los pastizales de su vieja granja en Portland, donde aún era independiente y tenía autonomía sobre ella misma.

-¿Qué podría decir de mi esposo?, bueno, es un hombre trabajador, amoroso, muy dedicado a su trabajo, es… algo molesto a veces que no este en casa. En si es un buen padre. ¿Me lo preguntas?, claro que aún lo amo, ¿Por qué debería de dejar de amarle? No, definitivamente no, Eduardo solo me quiere a mí. Lo sé, lo sé. A todas no nos tiene que pasar eso, porque a ti te haya pasado, no sig… perdón. Olvido que no debemos tocar ese tema. No te vayas, quédate a cenar, preparé algo. Está bien nos veremos después.

Su hija ni la determinaba, Juanita alguna vez creyó que solo era un útero y ya, nada más. Su hija era muy buena en el instituto y lo único semejante que tenía era su sonrisa, el resto de Lucia era el vivo retrato de las mujeres de la familia Valder. Los Valder, que familia tan dispareja. Una familia aristócrata de creencias políticas de principio de siglo, con un solar enorme, donde cada fin de mes, el desfile de vestidos y pavas de todos los estilos adornaban el pasillo donde se sentaban a conversar. Su suegra no hablaba, una cirugía de tiroides había destruido uno de los nervios que les daba vitalidad a sus cuerdas vocales y solo mediante ademanes y pequeñas sonrisas lograba trasmitir a su progenie cuanto pensaba, y aunque alguno que otro sonido gutural se escapaba, la familia viraba la atención a ella, esa mujer que los había criado sola, sin dejar atrás su posición social, pues su esposo había fallecido cuando cabalgaba de noche por los linderos del solar.
Un cero a la izquierda era más poderoso que ella. Sin un detalle, sin ya una caricia o insinuación de su tan ocupado marido, pasaba su deplorable existencia entre los diplomas, libros y fotografías familiares. Tenía presente cuantos días habían pasado desde la ultima vez que su doctor la hubiera examinado, cuantos días exactos habían pasado desde que dejo de despedirse con un beso en la boca a un beso en la mejilla, luego un beso en la frente y terriblemente un adiós desde la puerta de la habitación. Una tarde empezó a fumar y así mitigó un tanto su soledad, luego empezó a beber cada una de las reservas de vino, y después dejo de maquillarse y usar los vestidos de diseñador. Parecía una deplorable anciana que no se asomaba a los 40 años, con una bata salmón que le cubría el pecho y dejaba entrever unos muslos que habían podido ser de exhibición. Con ojeras y unos cuantos cabellos rubios cubriéndole uno de sus ojos, preparaba café para todo el día y lo tomaba amargo, sentada en esa silla mohosa de tanto humo exhalado en ella. Se rascaba la cabeza con amargura y se espantaba una que otra mosca que se le acercara a su cabeza. Parecía inerte. Un ente. Y vio con desilusión como sus amigas ya no la invitaron más a departir.
Se preguntaba vehemente cada tarde, cuando despertaba de su sueño inducido por los fármacos recetados por su esposo, que había hecho mal y como salir de ese agujero negro que llamaba vida. Y comenzó a pensar en acciones oscuras, algo que una mujer de su clase no haría, en cosas que ni cuando estudiaba medicina se le pasaron por la mente. Su marido era el culpable. Su marido la había absorbido. Su marido nunca le dio su lugar y solo era un útero, únicamente utilizada para concebir.
Un día cualquiera, preparó café negro, se puso una bata blanco, se pintó los labios, se trenzó el cabello y se sentó en una silla de la sala frente a la puerta de entrada, tomó sus cigarrillos y empezó a fumarlos uno a uno, esperando que fueran las 7 de la noche. Apagó la luz y solo el rojo de su cigarrillo se iluminaba mientras aspiraba grandes bocanadas que incrementaban su determinación a hacer lo que iba a hacer. Pasaba las 7 y 30, las luces del automóvil del doctor resplandecieron la sala al entrar por el gran ventanal con motivos católicos. Escuchó como la puerta eléctrica del garaje se abría, dándole paso al automóvil que se detuvo antes de chocar con la pared. Había sido un día arduo de cirugías y de consultas de pacientes y el doctor solo tenia en su mente cenar y dormir, pero no dormir para siempre. Así que sacó las llaves de su portafolio y abrió la puerta de su casa, donde hallaría a su amada esposa. Juanita aspiró el humo del cigarrillo, miró como su esposo abría la puerta y se posaba en medio de esta,  deshizo su carrizo sacando una pequeña arma que escondía celosamente. Hola amor, pronuncio con desprecio, propinándole tres impactos de bala en su frente. El cuerpo del medico cayó impactando el piso de cerámica. Y la sangre emanó de su frente como un nacimiento de un río, haciendo una gran mancha e impregnando el ambiente de un hedor a hierro. Juanita le cegó la vida a quien le dio vida, tras encontrarla en el psiquiátrico. Cuando los vecinos acudieron tras los ruidos en la casa Valder, vieron a Juanita con el arma en una mano y en la otra un cigarro fumado a medias, mientras farfullaba que era libre. Tanto deseo su antigua vida, que en el mismo pabellón psiquiátrico donde vio por primera vez al doctor Valder, pasaría el restó de su vida, añorando jugar en la granja de Portland donde pasó su infancia.

domingo, 6 de mayo de 2012

De la violencia y otros demonios.


Lo vi crecer. Lo vi morir. Desde que estaba en mi vientre, pensé que sería la madre más orgullosa del mundo. De hecho, lo he sido. Pero ya no soy su madre, al menos no en la tierra. Y es que fue tan pronto que no pude despedirme, que no pude volver a sentir sus saludos, sus gritos, su inconformidad de joven, sus insistentes permisos y el dinero de más para salir por ahí. Siempre vi que Harold era desde niño un ser muy diferente a los demás. Siempre fue tan elogiado por sus compañeros en el colegio, tan risueño, tan lindo con todos, era mi muchachito. Podía no ser el mejor estudiante, pero siempre me hizo feliz que lo intentara. Pero que repelente era para el estudio, una lidia para que hiciera las tareas. Solo quería estar con esos muchachos, esos que eran oscuros, que quien sabe cuánto mal habían hecho en sus casas. Pero quien le quitaba de la mente a mi Harold que esos no eran amigos, que ellos no lo dejaban ver la realidad y le crearon unas fantasías de poder tan fantasiosas como efímeras. Es duro saber que ya no crecerá más, que no lo tendré a mi lado. Pero hay algo que no puedo comprender, cuando él murió la gente comentaba sobre sus planes, sus deseos y fantasías, yo no podía creer que tuviera grandes ambiciones de crecer de manera exponencial, sin el sudor debido. ¿Qué fue lo malo que pasó? No comprendo de cuando a acá, los jóvenes ya no querían libros sino ese respeto impuesto por las armas.

 Fue entonces, esa noche de Enero, en la que me pidió permiso por última vez para salir un rato a la calle, una noche más antes de regresar a la universidad y continuar sus clases de leyes. Me sentía orgullosa que a pesar que mi hijo no fuera el mejor, se había decidido por estudiar una carrera y que más orgullo que en unos cuantos años, tendría a mi abogado. Como ya se e iba para la Universidad, con el rosario en la boca,  le di permiso para que se despidiera de sus amigos entre ellos esos que no me agradaban para él.  Que tan extraño fue que esa semana, se había vuelto más apegado a mí y hasta me acompañó a misa, cosa que no le gusta pero pensaba que podía ser por la pronta partida a su realidad académica.

 El mejor amigo de Harold, era Néstor, un joven mayor que él, que venía de la capital, acostumbrado a que los edificios ocultaran el sol, no como aquí, que es la montaña quien lo hace. Nunca lo conocí, pero su nombre era pan de cada día, pero Harold me decía que era bueno y creo que conocí a una de sus tías, una ex profesora del Liceo, el único colegio que no había sido invadido por los “nuevos ricos”. Néstor llamó a mi hijo, y lo invitó a salir, a tomarse algo y charlar, cosas de jóvenes. Mi hijo salió de casa, caminando hacia la casa de su amigo Néstor, paso frente a una fiesta, en una casa cercana, allí se reunieron jóvenes entre conocidos y no, entre lo que llaman sanos y otros con un prontuario. Así que decidió entrar, saludar a unos conocidos y esperar a la llegada de su amigo.

 Lo que yo no sabía pero casi todo el pueblo sí, es que desde hace mucho se venía planeando eliminar, si eliminar, eso dicen ellos, los asesinos, a algunos jóvenes sumergidos en el microtrafico que amenazaban a los grandes traficantes por sus precios económicos. Esos negocios ilícitos son la perdición. El crimen está muy organizado, es algo increíble que tengan leyes, que tengan que seguir órdenes, repartirse las ganancias. Es un negocio de droga y muerte, que tiene uno que estar ciego y sordo para aceptarlo, pero siendo así, muchos jóvenes envían su hija de vida a ver si les dan un chance de admisión. Estos negocios tienen sus consecuencias y cuando hay un objetivo, todo a su alrededor puede caer. Esto le pasó a mi hijo Harold, ahora ya hace parte de una estadística, ser uno de los primeros muertos del año nuevo. 9 días después de estar abrazados todos al son de las campanas de las 12 de la noche, él se nos iba al cielo. Esa noche su risa contrastaba con la música de la fiesta de despedida. Solo debía aguardar algunos minutos, sentado en el antejardín de la casa, a que llegara Néstor. Casualidad de la vida, pasó una antigua compañera de colegio por esta casa, Ximena y lo vio allí sentado. Se detuvo y lo saludó. Ella venía con un joven que estudiaba en la misma universidad de Harold. Su nombre era Gregorio y ya estaba a punto de terminar su carrera, solo le faltaban algunas semanas para completar la pasantía y obtener el diploma.

 La vida es tan ambigua a veces, uno solía pensar que los que debían morir serían los ancianos, pero no. Eso ya no. Ahora quienes mueren son los jóvenes, quienes nunca verán un mañana, no tendrán una familia y no podrán realizar sus sueños, por más utópicos que sean. Triste coincidencia cuando lo indebido y lo injusto se mezclan con el caos y la oportunidad de hacer daño. Esa noche, en esa fiesta cuando las risas de los jóvenes que se despedían de sus vacaciones de Navidad, en ese mismo momento y lugar, se encontraba también un vendedor y supuesto sicario, que gozaba con los chistes y la música como si fuera uno más de los despreocupados celebrantes. Nadie sabía lo que ese sujeto era. Es extraño pensar cómo podemos estar sentados con nuestro enemigo, con la persona que le puede estar haciendo daño a los demás incluso hasta a uno mismo y no saberlo. ¿Cómo saberlo?, pregunta que hago al viento; su respuesta no la escucharé jamás.

Las noches de enero son cálidas así que algunos integrantes de la fiesta se trasladaron al jardín delantero entre ellos Harold que les  presumía a sus amiga Ximena y Gregorio, el celular que con esfuerzo su papá y yo le habíamos regalado para Navidad. La celebración se detuvo en segundos, cuando uno de los muchachos, creo que su nombre era Mauricio, salió corriendo hacia el interior de la casa, y un hombre con barba entró tras él, pero nadie notó algo fuera de lo normal. Y fue entonces cuando una ráfaga de sonidos aturdidores se escuchó y empezaron a correr sin saber de dónde venía tal estruendo. El caos se apoderó de la fiesta y empezaron a correr, a refugiarse, a buscar un escondite y otros, como mi hijo,  se arrojaron al piso. Sonaban disparos, gritos, “Corran”, disparos, lágrimas y más disparos. Todo cesó. “Salgan de allí, Harold salga”, alguien grito… Y en ese momento mi hijo, sin nada que deber, solo algunas materias en la Universidad, sin saber con quién se juntaba, y estudiando para defender culpables e inocentes, riendo y festejando, y con el corazón en la mano decidió levantarse, su plan de huir del lugar se frustro en segundos. El hombre de barba salió de la casa, cumpliendo su labor de terminar con la existencia de su colega sicario, saldando las deudas de su vil negocio, cuando se percató que una masa se movía hacia él, en un intento de ponerse de pie, el hombre disparó tres veces y corrió hasta su motocicleta, ahogando cualquier sonido de la noche.  El primer de los disparos dio en la pared, el segundo en el nuevo celular y el último terminó cegándoles la vida a mi hijo y luego a Gregorio; los dos jóvenes con sus cabezas juntas protegiendo a su amiga en común, fueron sorprendidos por la bala que les atravesó las cabezas, quitándoles la vida. ¿Era justo aquello que sucedía? Faltaron segundos para que hijo dejara esa casa. Néstor se había detenido instantes antes, pues había visto a varios chicos gritar y correr por sus vidas, pero nunca pensó que era mi hijo quien había perdido la vida tan injustamente. El alborotó de los vecinos me despertó y minutos después, estaba sentada al lado de su cuerpo, tragándome el dolor de madre, viendo como la sangre de mi único hijo, emanaba como una línea que huía del yacimiento.

En esos momentos me pasaban muchas cosas por la mente. Pero no podía responderlas. Solo el dolor era mi vivir, mi pensar y mi existir. Él no vivía aquí, él no tenía nada que ver con ellos, él solo entró a saludar, él solo debía esperar a su amigo para despedirse. Despedirse para irse a la Universidad, no al Cielo. Mi hijo Harold, ni único hijo, mi abogado, mi soñador; sueños que se quedan,  una vida menos, una estadística más, un abogado menos, una cripta más. ¿Cuándo las cosas se van a hacer de otra manera?, ¿cuándo los inocentes dejaran de pagar culpas ajenas? ¿Porque la violencia se ha convertido en algo de leer en periódicos amarillistas? Mi hijo hace parte de esas páginas. Páginas de mi vida que no entiendo.  Espero que mi fe, no deje que respire odio y venganza que den continuidad a un ciclo. Porque la muerte de mi hijo es el inicio y el fin de la venganza, porque no quiero que más madres sufran, que no maten a sus hijos. Nadie merece morir de esta forma.