Vivir es un drama, hay drama para todo, hasta para comer, respirar y amar! Mi vida, mi drama! Soy ValdeDrama!
martes, 19 de mayo de 2020
Elsa y las Cerezas.
lunes, 10 de diciembre de 2012
Aun no.
viernes, 15 de junio de 2012
Lagrimas de sangre.
Un día cualquiera, preparó café negro, se puso una bata blanco, se pintó los labios, se trenzó el cabello y se sentó en una silla de la sala frente a la puerta de entrada, tomó sus cigarrillos y empezó a fumarlos uno a uno, esperando que fueran las 7 de la noche. Apagó la luz y solo el rojo de su cigarrillo se iluminaba mientras aspiraba grandes bocanadas que incrementaban su determinación a hacer lo que iba a hacer. Pasaba las 7 y 30, las luces del automóvil del doctor resplandecieron la sala al entrar por el gran ventanal con motivos católicos. Escuchó como la puerta eléctrica del garaje se abría, dándole paso al automóvil que se detuvo antes de chocar con la pared. Había sido un día arduo de cirugías y de consultas de pacientes y el doctor solo tenia en su mente cenar y dormir, pero no dormir para siempre. Así que sacó las llaves de su portafolio y abrió la puerta de su casa, donde hallaría a su amada esposa. Juanita aspiró el humo del cigarrillo, miró como su esposo abría la puerta y se posaba en medio de esta, deshizo su carrizo sacando una pequeña arma que escondía celosamente. Hola amor, pronuncio con desprecio, propinándole tres impactos de bala en su frente. El cuerpo del medico cayó impactando el piso de cerámica. Y la sangre emanó de su frente como un nacimiento de un río, haciendo una gran mancha e impregnando el ambiente de un hedor a hierro. Juanita le cegó la vida a quien le dio vida, tras encontrarla en el psiquiátrico. Cuando los vecinos acudieron tras los ruidos en la casa Valder, vieron a Juanita con el arma en una mano y en la otra un cigarro fumado a medias, mientras farfullaba que era libre. Tanto deseo su antigua vida, que en el mismo pabellón psiquiátrico donde vio por primera vez al doctor Valder, pasaría el restó de su vida, añorando jugar en la granja de Portland donde pasó su infancia.
domingo, 6 de mayo de 2012
De la violencia y otros demonios.
Lo vi crecer.
Lo vi morir. Desde que estaba en mi vientre, pensé que sería la madre más
orgullosa del mundo. De hecho, lo he sido. Pero ya no soy su madre, al menos no
en la tierra. Y es que fue tan pronto que no pude despedirme, que no pude
volver a sentir sus saludos, sus gritos, su inconformidad de joven, sus insistentes
permisos y el dinero de más para salir por ahí. Siempre vi que Harold era desde
niño un ser muy diferente a los demás. Siempre fue tan elogiado por sus
compañeros en el colegio, tan risueño, tan lindo con todos, era mi muchachito.
Podía no ser el mejor estudiante, pero siempre me hizo feliz que lo intentara.
Pero que repelente era para el estudio, una lidia para que hiciera las tareas.
Solo quería estar con esos muchachos, esos que eran oscuros, que quien sabe cuánto
mal habían hecho en sus casas. Pero quien le quitaba de la mente a mi Harold
que esos no eran amigos, que ellos no lo dejaban ver la realidad y le crearon
unas fantasías de poder tan fantasiosas como efímeras. Es duro saber que ya no
crecerá más, que no lo tendré a mi lado. Pero hay algo que no puedo comprender,
cuando él murió la gente comentaba sobre sus planes, sus deseos y fantasías, yo
no podía creer que tuviera grandes ambiciones de crecer de manera exponencial,
sin el sudor debido. ¿Qué fue lo malo que pasó? No comprendo de cuando a acá,
los jóvenes ya no querían libros sino ese respeto impuesto por las armas.
Las noches de enero son cálidas así que algunos integrantes de la fiesta se trasladaron al jardín delantero entre ellos Harold que les presumía a sus amiga Ximena y Gregorio, el celular que con esfuerzo su papá y yo le habíamos regalado para Navidad. La celebración se detuvo en segundos, cuando uno de los muchachos, creo que su nombre era Mauricio, salió corriendo hacia el interior de la casa, y un hombre con barba entró tras él, pero nadie notó algo fuera de lo normal. Y fue entonces cuando una ráfaga de sonidos aturdidores se escuchó y empezaron a correr sin saber de dónde venía tal estruendo. El caos se apoderó de la fiesta y empezaron a correr, a refugiarse, a buscar un escondite y otros, como mi hijo, se arrojaron al piso. Sonaban disparos, gritos, “Corran”, disparos, lágrimas y más disparos. Todo cesó. “Salgan de allí, Harold salga”, alguien grito… Y en ese momento mi hijo, sin nada que deber, solo algunas materias en la Universidad, sin saber con quién se juntaba, y estudiando para defender culpables e inocentes, riendo y festejando, y con el corazón en la mano decidió levantarse, su plan de huir del lugar se frustro en segundos. El hombre de barba salió de la casa, cumpliendo su labor de terminar con la existencia de su colega sicario, saldando las deudas de su vil negocio, cuando se percató que una masa se movía hacia él, en un intento de ponerse de pie, el hombre disparó tres veces y corrió hasta su motocicleta, ahogando cualquier sonido de la noche. El primer de los disparos dio en la pared, el segundo en el nuevo celular y el último terminó cegándoles la vida a mi hijo y luego a Gregorio; los dos jóvenes con sus cabezas juntas protegiendo a su amiga en común, fueron sorprendidos por la bala que les atravesó las cabezas, quitándoles la vida. ¿Era justo aquello que sucedía? Faltaron segundos para que hijo dejara esa casa. Néstor se había detenido instantes antes, pues había visto a varios chicos gritar y correr por sus vidas, pero nunca pensó que era mi hijo quien había perdido la vida tan injustamente. El alborotó de los vecinos me despertó y minutos después, estaba sentada al lado de su cuerpo, tragándome el dolor de madre, viendo como la sangre de mi único hijo, emanaba como una línea que huía del yacimiento.
En esos momentos me pasaban muchas cosas por la mente. Pero no podía responderlas. Solo el dolor era mi vivir, mi pensar y mi existir. Él no vivía aquí, él no tenía nada que ver con ellos, él solo entró a saludar, él solo debía esperar a su amigo para despedirse. Despedirse para irse a la Universidad, no al Cielo. Mi hijo Harold, ni único hijo, mi abogado, mi soñador; sueños que se quedan, una vida menos, una estadística más, un abogado menos, una cripta más. ¿Cuándo las cosas se van a hacer de otra manera?, ¿cuándo los inocentes dejaran de pagar culpas ajenas? ¿Porque la violencia se ha convertido en algo de leer en periódicos amarillistas? Mi hijo hace parte de esas páginas. Páginas de mi vida que no entiendo. Espero que mi fe, no deje que respire odio y venganza que den continuidad a un ciclo. Porque la muerte de mi hijo es el inicio y el fin de la venganza, porque no quiero que más madres sufran, que no maten a sus hijos. Nadie merece morir de esta forma.