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martes, 19 de mayo de 2020

Elsa y las Cerezas.


El día que mataron a Elsa, la bruja de Santa Rita, la familia Valderrama descansó de 50 años de acoso. Cuando el patriarca de la Familia Valderrama llegó a la comarca, compró los terrenos de más de  1 legua de largo, desde la sierra hasta el margen occidental del Río y los pobladores de Santa Rita pasaron a ser sus empleados. El paisaje parecía un tablero de ajedrez, entre terreno de la familia y el terreno de los pobladores. El patriarca hacendado se convirtió en la primera autoridad de la comarca, dejando a su partida una opulenta tajada para cada uno de sus 10 hijos.

El hijo menor del patriarca, Arturo, quería unificar los terrenos que le correspondían de herencia. Quería unir su casa con los terrenos cultivables, pero había un pequeño hogar habitado por una mujer solitaria a quien no se le conocía cónyuge ni descendientes, Elsa, quien cultivaba y vendía las cerezas más rojas a 100 km a la redonda. Sabia que una mujer en esa casa se había negado a venderle el terreno al Patriarca, por lo que Arturo le pidió a Elsa que le vendiera su casa para construir un camino que uniera los terrenos de su herencia. Ella al ver a ese hombre portentoso, con elegancia para hablar y porte cortesano, cayó enamorada y por un instante contempló dejar de rehusarse a la venta de su casa pero se negó de nuevo. Así que Arturo se marchó sin más pero dejó una semilla en Elsa que echaba raíces de forma exponencial. 
Cada mañana en la casa de Arturo amanecía un canasto con cerezas que eran devoradas por Arturo y otros miembros de la familia. Elsa no aceptaba nada a cambio aunque sin Arturo saberlo, le pagaba sus presentes con solo pavonearse en las inmediaciones de la mujer. La madre de Arturo escuchó de los rumores de la amistad de su hijo con Elsa y de inmediato arregló una boda con una bella joven de la comarca vecina, cuyo nombre iluminaría Santa Rita, Aura. Fue amor en primavera. Aura era inverosímil en cualquier aspecto a Elsa. Prontamente tuvieron a su primogénito y el corazón de Elsa se rompió y la amargura y desamor se apoderaron de su ser, por lo que desdeñada y sintiéndose miserable, empezó a internarse en el bosque. Se volvió huraña, desgarbada y ampollosa. Con el cabello ralo y un abandono total de su casa y cosecha que la llevaron a la emaciacion. 

Una mañana Elsa, con su gran cambio figurativo, se presentó a la casa de Arturo y Aurora, pidió empleo pues ya las cerezas no le daban para comer. Arturo la aceptó pensando en todo el tiempo que ella lo despertaba con el rico fruto y notar el deterioro de su persona. Pasado un breve tiempo, Aurora y Arturo acudieron a una reunión familiar dejando su pequeño tesoro con Elsa. La confianza se había hecho firme tras largas tardes de diatribas entre las dos mujeres de la casa. Más tarde en la noche, de regreso a su hogar, Arturo y Aura encontraron un muladar se personas a las afuera de su casa. El corazón de Aurora se desbordó como el galope de los caballos cuando observó como su pequeño yacía inerte y azul, con una cereza en la boca que le obstruía la respiración. De inmediato Arturo y un pequeño ejército marcharon en medio de la noche hasta el pequeño enclave en busca de la asesina y al no encontrarla, la ira se despotricó en las paredes que alguna vez conformaron un hogar. El fuego consumió rápidamente todo a su pasó hasta llegar al cerezo que fue talado y apilado. La sorpresa de todos al encontrar restos óseos debajo de las raíces les confió un terrible predicamento, era claro para todos, Elsa era una bruja. Se había sumergido en el bosque y la maldad dentro de ella buscaba venganza a un corazón roto. 

Arturo y Aura se recuperaron de su dolor y en 15 años, ya tenían una docena de niños merodeaba por los potreros de la propiedad, quienes gustosos se encargaban de ayudar en los cultivos y enriquecer a la comarca con su encanto y distinción. Arturo construyó un caminó y sepultó en una bóveda los restos óseos, bendecidos una vez por semana por el presbítero. Años después, el hijo mayor homónimo, segundo en posición respecto al primogénito asesinado, se casó con una mujer callada y servicial, cuyo pasado parecía inventado, pero que al ver el amor que le profesaba el hijo, deshilachó toda muestra de inconformidad. El hijo homónimo pidió su parte de la herencia y su padre le concedió un terreno frente a la iglesia de Santa Rita. Allí se levantó una gran casa que fuera la envidia de todas las mujeres de la comarca. Una vez instalados, la tragedia los volvió a embargar. El hijo homónimo empezó a ausentarse de su trabajo en el campo, a perder peso y agobiarse por nimiedades. La muerte se le presentó una mañana, mientras desayunaba murió ahogado por cerezas. La mujer con quien se había casado no era más que la amante frustrada de su padre y asesina del primogénito. Ahora cegando la vida de un nuevo familiar. 

La tragedia continuó y uno a uno, los hijos de Aura y Arturo murieron de forma macabra, siempre ahogados por cerezas. Tales hechos confirmaban una vez más que Elsa seguía en su venganza. Así que Arturo, convenció a Aura de enviar fuera a su hijo menor y ahora único heredero, para mantenerlo alejado y a salvo de la bruja.

El hijo menor de Arturo, regresó años después desposado a una joven mujer y se instaló en la casa que pertenecía a su hermano mayor, frente a la iglesia. Con una apariencia temeroso y taciturno, atormentado con los recuerdos de una infancia voraz. Pero formó un hogar en la casa que hizo encerrar en hierro rutilante, paredes blancas y flores de todos los colores. Allí crecieron sus dos hijos Eduardo y Fernando. Uno rubio y otro de cabello oscuro. Eran la copia exacta de la casta Valderrama. Y por un instante se sintió a salvo y feliz. 

El hijo menor de Arturo mantenía alejados a sus hijos de todo improperio de Santa Rita. Su esposa quedaba cada mañana al cuidado del hogar pero se le dificultaba mantenerlo en pie pues era una casona de 10 habitaciones que se asemejaba a la casa principal, donde vivía Arturo, Aura, una nuera y tres nietos huérfanos prontos a ser considerados adultos. El hijo menor de Arturo era quisquilloso con las personas de la comarca. No aceptaba visitas y no frecuentaba a su familia con frecuencia. Las miradas a través del hierro fraguaban un ambiente de observación inquisitorio pues la hermética casa llamaba la atención. 

Una mañana de mercado, la madre de los retoños escudriñando entre los vendedores , deslumbró a una anciana dama vestida de azul, de manos duras, ojos amistosos y una sonrisa desdibujada, sentada en el piso al lado de un canasto llenó de las cerezas más rojas que nunca hubiera visto. La esposa degustó una de las cerezas, sintiendo el fuerte sabor que la obligó a comprar el canasto entero. La anciana dama le agradeció la compra y le aseguró que a la semana siguiente traería más cerezas. Cómo el canasto es pesado, la anciana dama le propone ayudar a cargarlo mientras la mujer carga el resto de las compras. Una vez dentro de la casa, la anciana dama se despide asegurando su pronto encuentro. Los niños quienes al probar las cerezas caen en un letargo de sabores que los transporta a un estado onirico. La mitad de las cerezas se consumieron en un instante y la madre procura guardar unas pocas para el resto de la semana. 

Cuando su esposo llega a casa, le relata lo sucedido pero alcanza a terminarlo por los gritos de enfado que se escuchan hasta el bosque. Su esposo llora de terror y le cuenta sobre Elsa, mientras ella siente el hormigueo en el occipucio y el temblor de las falangetas. Ya no están seguros en casa así que se le propone mudarse a la casa principal mientras le dan caza a Elsa. No va a tocar a ningún Valderrama nuevamente. Se trasladaron a la casa principal, construyeron un muro de hierro, llenaron de metales afilados en las esquinas del techo, hicieron círculos de sal y cal viva, pintaron cruces con carburo, cortaron los árboles cuyas ramas sobrepasaran el muro de hierro, despidieron a las mujeres de la servidumbre y le negaron la entrada a cualquiera que no pernoctará en la casa.

1 año después de los cambios y el temor, las noticias de la caza de brujas era infructuosa. La mañana de aniversario de matrimonio de Arturo y Aura, el hijo menor de Arturo y su esposa, no encuentran a los niños en sus camas. La sorpresa es menguada por un haz de luz que se filtra por la puerta. A lo lejos, cerca a la forja de hierro, los dos niños están de pie, en pijama, comiendo cerezas al lado de la anciana dama quien aguarda a ser invitada. Los gritos de los padres ahuyentan a Elsa y mientras corrían a reprender a sus hijos, estos cayeron en el letargo del cual no despertarían. Besaron sus caras cianoticas y al interior de la casa, la familia lloró con amargura la muerte de los niños, inocentes de un amor utópico. 

Esa noche la luz se apagó en casa, pero afuera estaba incandescente. La figura de Elsa se presentó frente a la ventana, riendo, rasguñando, caminado por el tejado, gritando y ufanándose de su legado mortal. Antes de que los niños murieran, la habían invitado a pesar. Eran dos niños buenos que vieron una amiga en Elsa. Santa Rita se alertó del nuevo evento mortal y conocedores de la historia de ataques de Elsa, se acercaron a la casa con llamaradas, picas, machetes y toda clase de elementos metálicos que les pudiera servir para matar a la legendaria bruja. La batalla empieza con las primeras bajas pues el temor hace precario el valor de combate en una guerra ajena, así que la familia está sola contra la bruja. Solos y confusos, porque no entienden porque Elsa se ha empecinado en acabar con la familia. Elsa pide entrar a la casa, quiere ver a Arturo. Se ríe, llora, grita, vuela como un huracán que estremece el techo. Dentro de la casa, en medio del llanto, Arturo agobiado por la edad y el dolor les cuenta a los oyentes que cuando era joven, Elsa se enamoró de él, pero por no cumplir con las expectativas se casó con Aura, la matriarca. Les dijo que sólo él tenía la culpa del roto corazón, así pues al orquestar un plan pírrico, Arturo sale de casa a su encuentro frente a frente con la amante defraudada. Elsa se acerca volando, vilipendiando a los observadores con los ornamentos arrancados de los potreros por el viento. Su faz es sombría, su cabello cano cubre las cuencas y las manos huesudas desean mullir el viejo cuerpo de Arturo, se para frente a él y lo besa por primera y última vez. La calidez del beso la envuelve y cierra los ojos en medio del clímax. 

El hijo menor de Arturo, el único vivo y ahora padre de dos niños muertos, con el llanto cegado y siendo fiel a su padre, cumple con su deber. Su corazón se detiene mientras toma una Hoz de media luna, se acerca a la pareja que se besa envueltos en hojarasca y con el dolor más grande del mundo, los degolló. La luz de la luna alumbra las pérdidas y la sangre de Elsa emana con tanta potencia que los coágulos rojos acerezados ciegan la vida de todos en la casa. Hay silencio total. El olor a cereza se mezcla con la mortecina que aumentará cuando salga el sol. 

lunes, 14 de abril de 2014

Hasta luego.

Tal vez no leas esto. Pero es para ti. ¿Sabes? Tengo miedo. Y es mucho. Me late el corazón al solo pensar que va a pasar.  ¿Hasta cuanto vamos a soportar? O si tendrás otro ataque de esos y botarme a la basura. Pero no es la razón de este escrito. La razón es despedirme. Sabia que llegaría el día. Fue lo primero que me dijiste cuando nos conocimos y simplemente decidimos disfrutar del tiempo juntos. Lo hicimos. No tan ampliamente pero lo hicimos. Te escribí una carta antes diciendo lo que sentía. Y ahora escribo para decirte que no es adiós,  que no es un nunca más,  es un hasta luego. Porque no te veré, no te sentiré, no podré abrazar ni expresar físicamente algo. Ni cuando esté feliz,  triste o angustiado. Estarás tras una pantalla que llenare de lágrimas,  besos y huellas digitales. ¿Lo harás tu también?  Y es que se me parte el alma de tan sólo pensar y pensar. ¿En que pienso?  Pues que encontré a una persona que me correspondía después de tanto tiempo. Yo no sé cual es el tiempo prudente para empezar a sentir cosas, a ser más que "un me gustas" y sentir celos! No lo sé. Ambos lo sentimos. Y nos hicimos promesas. No sé si alguna vez alguien te ha prometido con tanta vehemencia como yo y como tu dices,  es lo que hay. ¿Será que es lo que hay? ¿O simplemente es lo que buscamos?  Y es que esté tiempo me hizo reír,  sonreír y ser más bobo de lo que soy. Y trate de adaptarme a lo que querías y me equivoque. Pero aprendí. Me demostraste que también eres como yo y que te gusta volar, que te gusta reír y que tu corazón es fuerte. Yo podré ser muy rarito, si y que?  Al menos jamás dejaras de sonreír. No te preocupes si no estoy,  no te preocupes si me demoro en volver,  no te preocupes si estoy ausente porque no es por no querer,  pero cuando vuelva habrá una avalancha de emoción que te tumbara. Sabes que mi tiempo es limitado pero creo que te quedó más que claro que siempre, siempre, siempre estuve allí. No dejes de recordar eso. ¿Que si te recordaré? Claro. ¿Que te extrañare? Más que obvio. ¿Que te volveré a ver?  Yo lo deseo,  pero simplemente esa respuesta te la dejo a ti. Perdón si no llame,  pero escribí más de lo que deseabas leer. Perdón si no te entendí todo, pero al principio no logre descifrarte y trade más de lo debido, solo al final estuvimos en sintonía, solo hasta el final. Perdón si lloro y si lloré. Pero es porque mi corazón es débil y no se contiene. Y a mi no tienes que pedirme perdón. Pero yo espero que por favor entiendas que algunas formas no son las adecuadas. No quiero que te alejes. Pero quiero que seas feliz y vivas tu vida,  tan solo permiteme compartirla. Y como te lo dice: "caminemos despacito hasta que decidas caminar más rápido". 

Por cierto, los corazones verdes trastornan la mente. Mi corazón verde por ti.  

domingo, 13 de abril de 2014

Sus ojos.

Y sus ojos que se mueven a los lados y yo que me descarrilo. Es como si se burlara de mi. Pero una burla buena, de esas que esperas que te abracen y te digan que eres un tontico crédulo. Que se muerda los labios y ponga sus  manos en mis hombros. Sonría y diga  mi nombre, como un susurro. Es así como uno va entendiendo cosas... Es así como me preparo para amar en silencio. 

viernes, 29 de marzo de 2013

Un amigo al teléfono.


Y de repente ya le tenía mucha confianza, tanta para contarle mis problemas en la cama, para decirle cuan doloroso podría llegar a hacer una penetración pero cuanto a la vez era tan deseada. Así, poco a poco se convirtió en un confidente, en la voz detrás del teléfono que me animaba cada noche a seguir con el día siguiente. Yo esperaba al terminar el día, al irse el sol al oeste, me recordada que también lo veía, que estaba al sur, pero que su hogar estaba en el oeste como el mío, mi hogar en la bella tierra bañada por ese río café y muerto que llamamos Cauca. Cuando él reía yo lo hacía, cuando cantaba yo lo hacía, cuando recordaba el pasado yo lo hacía. Era como si fuera mi amigo de toda la vida, que me comprendía cual barrabasada podría yo decirle y solo reía con una risa gruesa y contagiosa que me hacía doler el occipucio ya lleno de serotonina.  Mi amigo me tiño mis noches frías y estrelladas de una gran alegría. Siempre me agrado el día más que la noche, pero cuando hablábamos no deseaba que la noche terminara nunca. Me sumergía en su mar, en su voz clemente, en su risa contagiosa, imaginaba su mirada de ternura cuando mi voz se quebraba, sus abrazos de lejos cuando lloraba a escondidas. Cuando terminaba las horas que hablábamos sentía un vacío enorme, un vacío que nunca le dije, un vacío que no lograba identificar como si necesitara más de su energía. Mi apego a esa voz me dio fuerzas para batallar una guerra perdida de lágrimas, difuntos y flores. Y después de perder la batalla y entregarme al olvido incierto, su voz era un faro de ayuda, era más fuerte sin duda que yo, su baluarte era todo poderoso, ubicuo y tan ligero y ameno que lograba ensalzarme como si fuera una dulce doncella en peligro. Mi amigo logro fortalecer mi alma, avasallar mis pesadillas y mi sufrimiento, ser una espada para enfrentar al dragón como si fuera yo San Jorge. Pensé mil veces, mil noches en cuando conocería el rostro de donde emanaba esa voz y estrecharlo entre mis manos, como si mis ganas de amar aún persistieran a pesar del invierno más desgarrador y la luna apagada. Y aunque mi amor verdadero aún me cueste olvidar, mi amigo se trasformó en un puente a la realidad, un valle de esperanza, un abismo de alegría, un lago de comprensión y me ayudo a que ese despertar sin tener a mi amor verdadero, no fuera tan doloroso y empezó como si fuera un hábil cirujano, a remendar este corazón roto que seguía latiendo. Si alguna lagrima recorrió mi mejilla, sentí su presencia a mi lado, sus brazos danzando por mi cuerpo alentándome a seguir. Mi amigo de llamadas, estaba allí, no solo su voz en mi cerebro, no solo su risa en mi garganta, no mis latidos en sus venas. Estaba allí y podía verlo. Ver su imagen tan generosa y grande, como un ángel del cielo que seguiría el camino  a mi lado, ayudándome, mientras yo le pagaba con mi sonrisa. 

viernes, 22 de marzo de 2013

Es ella que vuelve.

Tan ilustre y déspota. No sé qué es, entonces, lo que tú deseas, en que te empeñas en ser conocida. Tú que habitabas la oscuridad ahora limitas el desprestigio. Siempre deseando un beso más, uno de más. Deseando una caricia, una de más. No te conformas con lo que te ofrece el de turno, cada vez más y más deseos insaciables de amor. Para ti, el amor y el romance es efimero. Uno tras otro, tras otro, enfilando un ejército que entra cada noche a tu cama y te despoja de virtud. En eso te has convertido querida, en una insaciable que solo acumula rencores, pasiones y deseos de poseer un trofeo de la más meretriz. 

Eres un vampiro que se alimenta de besos, de caricias, de los gélidos suspiros y luego como si el tiempo te marcara el fin de la cena, en ese desesperado afán de amar, te marchas con otro al que empiezas de nuevo, a mendigar un poco de su ser, de su pasión y deseo. Son acaso lindas tus acciones, querida, pregúntate. Aquellas acciones que tienes con tus pretendientes, aquellas de viajes y cenas, de flores y prendas, de joyas y coronas.

Arrojas esas prendas que adornaron tu cuerpo durante el día y buscas incansablemente un cuerpo a quien pedirle abrigo. No quedan vestigios de lo que alguna vez pude ver, ya no eres la misma tierna chica de la cual perdidamente me enamoré. No sé lo que eres. No me atrevo, por más que lo niegue, a manchar tu buen nombre. Siento respeto no por tu inmundo ser, no mancho tu nombre por lo que algún día fui a tu lado, guardando ese recuerdo como la única muestra de afecto verdadero que existió en ti. 

Dices ser grande, cuando apenas si puedes gatear, pides ser amaba cuando solo dañas corazones. Eres fría y malvada, como las mañanas después del invierno.

Me pregunto si acaso deseas ser un personaje que refuerza esa protección que impide ver cómo eres, que impide escuchar tu voz, tu verdadera voz y solo esas estúpidas frases pre-formadas, de conocimiento robado Me pregunto acaso quien fue quien te daño que tuviste que refugiarte en ese personaje tan odioso. No creo que tanta mezquindad sea de tu ser, alguien tuvo que sembrarla y te empeñas en que carguemos algo de lo que estas cosechando. Pues no. Me niego a ser parte de tu melancólico juego, ese de mentiras y de tardanzas,  ese que juegas con todos. Pues ya no. Apártate de mí, deja ya de imaginar que soy un peón que recorre tu campo, pues el único campo que quise recorrer fue tu cuerpo y mis golpes eran besos, pero te negaste. Así que asume las consecuencias de dejarme ir, pues no estoy dispuesto a volver, si así fuera el caso.

Pasaran muchos por tu cama, muchas noches de pasión, muchas formas de pensar que logren estimularte el cerebro, creerás que has amado, pero al final, cuando cansada y enlutada te desprendas de ese lecho, descubrirás que solo hizo falta una sola persona y no esos diez, esos 100 o esos mil hombres para descubrir la afligida imagen de una mujer que solo buscó el deseo, que pensó que amaba, que creyó encontrar su felicidad, aquella felicidad que perdió la misma noche que decidió confundirse en las sabanas con cada amante seducido a sus pies. En esa noche que confu

viernes, 15 de febrero de 2013

Una palabra, una historia, muchas lágrimas.

Cuando recuerdo lo que él me narró esa noche, aún puedo sentir ese vacío en el interior de mi pecho, ese vacío que siento tan presente  después de tantos meses. Como si sintiera una especie de culpabilidad cuando yo he sido inocente. Mi único delito como ya lo había mencionado antes fue amarte más de lo que yo me amé. 

Ver en mi mente la imagen de ustedes dos tomados de la mano en la última butaca del autobús que los conduciría al oeste, me hacía sentir incomodo, con rabia y con esa sensación de impotencia. Seguí imaginándolos mientras seguía escuchando esa triste narración. Continúo diciendo que no deseaba tomarte de la mano, que no le parecía correcto ese tipo de demostraciones en pública, que sentí vergüenza. Él te recordó una vez más que no deseaba ninguna demostración cuando recostaste la cabeza en su hombro izquierdo. Parecías un pequeño gato que deseaba ser acariciado. Y él estaba apunto de caer en tu seducción

Creo que tus ojos marrón de seguro, lograron impactarle tanto o más como me siguen impactando, es algo extraño, pues después de tantos meses, aún es un enigma. Un elemento faltante. Y puedo pasar horas en el sillón de la terapeuta mintiéndome a mí mismo sobre haberte olvidado, pero ahí acostado, sigo contemplando la idea de ver de nuevo esos ojos marrones que tanto admiré. Él no dijo nada sobre tus ojos, no dijo nada sobre tu cabello, que olía cuando me abrazabas; No dijo nada sobre tus gruesos labios rojos con las pequeñas cicatrices de varicela que tanto besé; y mucho menos dijo algo sobre tu suave piel, en la que siempre desee dormir cada atardecer. Él solo dijo que de ti le cautivó la personalidad y que aunque el aspecto físico siempre había sido importante en sus relaciones, esta vez, de una manera ilógica, decía que le atraía la personalidad.  A veces me pregunto si esto que me dijo, pudo ser para hacerme sentir mal, hacerme pensar que yo era superficial, pero yo te puedo decir que te conocí primero a través de tu voz, de tus escritos, de tus  momentos de histeria y falta de temperamento. No negaré que recordaré para toda mi vida, por más que pueda decir que te odio, por más daño que me hayas provocado, recordaré la primera vez que te vi. Como un ángel que baja al infierno a darme una gota para calmarme la sed. 

Creí todo lo que él me contó. No sé cómo pude creerle a un extraño. Pero su mirada sincera, su risa tosca y contagiosa, me hizo creerle. Me contó cada uno de los momentos a tu lado, cada sonrisa y cada deseo de besarte y a la vez lanzarte al río. Me sorprende de ti querida, que a él también le hubieras prestado tu móvil, que pudiera ingresar a su red social y publicar la foto de ambos, al menos sus piernas y cena. A mí en cambio dejabas de hablarme si en la sala de tu casa, al sentarme, por efecto de la gravedad en el sillón, tu móvil se me aproximaba. Me pregunto si encubrías algo. Me pregunto si habían notas y mensajes secretos, fotos que no conocí, historias de amores, de aventuras y de burbujas en el tiempo de las cuales yo no podía conocer. No sé la respuesta. Sé que no sé muchas cosas y tal vez nunca me enteré. Él me dijo que poco a poco saldría todo a la luz, que me dolería; tal vez más de lo que me dolió.


También dijo que en la noche salió de regodeo. Pero que no calmó su sed en otros labios, que esperó. Sus amigos le dijeron que estaba loco, ¿Por qué lo hacía? Él tampoco lo entendió. Sé que causas ese efecto en los hombres, querida. Él te respeto, pero acaso ¿tú lo respetaste también? Y cuando la flor del amor se abrió en su pecho, tú, querida, hiciste lo que ya sabias, lo sacaste de tu vida con el discurso patético del tiempo agotado y tus ocupaciones tan trascendentales. Él me contó cómo se sintió, sé que no lloró pues aseguró que no era para tanto, pero sin duda que eso duele mucho, tanto como me dolió a mí. Los dos parecíamos unos huérfanos en la calle, mirando al piso, luego al cielo, suspirando, luego mirando a los lados, diciendo “Dios”  y en nuestras mentes “¿por qué?”.  Él no volvió a verte más, no sabía nada de ti, aunque cuando empezó a narrarme su historia me aseguro que estaba enamorándose de una chica, esa chica eras tú. Tú la que le diste el aire para respirar y lo que él buscaba y no sabía si existía o no, pues era la primera vez que se fijaba en alguien por su personalidad. Tal vez, él lo entendió cuando te abrazo al despedirse y creyó que empezaría la historia más bonita, en la que entregaría su vida, su honor y su empeño. Pues tan solo tú nos diste una vida, la vida que deseábamos. Pero es imposible, pues tú solo piensas en tu apetito, por más que te demos lo que pides, deseas más y se te olvidas que simplemente te amamos, que te damos lo más valioso. 

Esa noche, en esa narración, mi voz se fue y mi mente recreo cada instante, cada detalle, cada momento, cada caricia y cada intento de un beso. Mi mente me abría el paraíso romántico que él narraba y allí entendí, que en algo había actuado yo. Ahora querida, tú eras romántica.  Y veía como usabas lo que yo te enseñe. Al menos en tus buenas acciones seguía viviendo mi recuerdo y eso a mí me basto. Porque no se mueren así yo ya no tenga vida. 

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Mi papá.

Hoy hable con mi papá. Me llamó él. Casi no me llama, yo lo llamo a él. Él siempre esta pendiente de mí. A veces solo hablamos unos minutos y cuando son más, a veces se le es extraño. Yo le pregunto como esta y él a veces no sabe que decir, se ríe y me dice que bien, que esta solo y yo le digo que ya voy a ir a visitarlo. Me dice que llueve y le digo que cuanto? Él siempre sabe cuanto cae de lluvia, que temperatura hace y el grado de humedad. Siempre habla de eso y yo lo escucho cuando me lo dice. Le pregunto como va las plantas y me dice que ya lo tapan, que pronto habrá que cortarles las espigas. Y así empieza a hablar del "metilparation", de los "cogolleros" y de la "argentina" que no se va. A veces me llama a decirme que caen rayos, que si los estoy viendo, le digo que si aunque solo los escuche.

Él siempre se despierta temprano, más que los otros papás, nunca duerme y aunque no hablemos siempre, él con solo esos minutos que pueda decirle que ya cene, que ya fui a clase o que hoy hace mucho sol, sé que se siente bien. A veces se enoja, pero al rato ya se le olvida y empieza a hablar de los daños que ha hecho el gato, como cuando daño el jarrón que sobrevivió al terremoto de Armenia. Me llama riéndose. 

Así es mi papá, el que siembra con amor, riega con cariño, espera con ilusión y disfruta viendo crecer la vida. 

lunes, 12 de noviembre de 2012

El olor de los gatos.

Siempre he dicho que los gatos huelen a algodón, como el algodón de la cosecha de mi papá por allá en el año 98, que guardaba en la ramada junto a la Isabela, como el nombre de algunas de mis primas con las que pasé mi infancia en la Ondina, La Ondina, la Hacienda de mis abuelos Arturo y Aura, que era de color banco y rojo, como ese rojo del millo que se mezclaba con el atardecer, los arreboles y el viento, ese mismo viento que nos elevaba las cometas en el potrero, ese potrero en que impulsados por las manos de Alcira montamos por primera vez en bicicleta con temor a chocarnos con el laboratorio de Meteorología del INTEP de Roldanillo, como Rodanillo el municipio que mi familia escogió para vivir hace más de 200 años, y pasaran los años antes de que se vayan, a pesar de toda a sangre derramada, sangre como a que hace fata en el banco de Hospital Universitario San Jorge, San Jorge como el nombre del santo, del cual tengo una medallita, comprada en el vaticano y obsequiada por amiga Angela, la monja franciscana que vive en la Florida, Forida como el estado de Estados Unidos que celebra la re-elecion de Obama, Obama de familia Hawaiana y Keniana, como Kenia el país que esta en África, África el continente negro y negro como mi gato Chakels que huele a algodón, como el algodón de la la cosecha de mi papá por allá en el año 98, ...

viernes, 15 de junio de 2012

Lagrimas de sangre.


Tan feliz que se le veía. Tan unida a su familia. Con sus vestidos de los años 50 traídos a la modernidad, algunos imitando el estilo de Jackie Kennedy, siempre maquillada y lista para salir. Catando vinos, riendo y paseando de la mano de su esposo, el prestigioso medico, el doctor Eduardo Valder. Era ella, Juanita Valder, quien ahora con unos años de más se sentaba a mirar el sol de la tarde sin nada que hacer, con una tasa de café fría y amarga, recordando el pasado, añorando sueños no cumplidos y esperando a que su esposo y única hija regresaran a casa o al menos la llamaran para decirle que el trafico estaba insufrible y tardarían en llegar. Cada día se había vuelto igual, sabia que era fin de semana por que su hija Lucia Valder no hacia ruido al marcharse al instituto y que iniciaba el Lunes, porque la casa quedaba vacía. Las únicas exhalaciones que hacia durante su eterna estancia en casa eran suspiros. Ya no llevaba el cabello lacio y planchado sobre sus hombros, no se ponía las perlas que su madre le había regalado cuando se comprometió con el medico y su barniz de uñas ya no estaba tan a la moda. Podría decirse que la mujer del aseo se vestía y se veía mucho más presentable que ella. Su tristeza se había hecho más grande, cuando su esposo empezó a dar conferencias por el país, pues había logrado un gran hallazgo en el campo de las neurociencias y le requerían más a menudo, y pues el doctor Valder se había negado a renunciar a su ardua labor en el hospital; por lo tanto Juanita había pasado a otro plano, el del hogar y ya no era digna de presentar en los eventos a los que asistían en la semana. Se lamentaba no haber terminado su carrera. Hubiese sido magnifico estar en el hospital entre pacientes, pensaba con melancolía. Siempre quiso ser pediatra, pero cuando cursó pediatría se desilusiono al ver morir en sus manos a un recién nacido y entró en una crisis que consiguió sacarla de la facultad, permaneciendo en el pabellón de psiquiatría hasta que su esposo la encontró y empezó el romance. Tal vez pensó que seria bueno ser una mujer promedio que se quede en casa a cuidar a los hijos, verlos crecer y compartir con ellos, para ser una excelente madre y darles una feliz infancia como la que tuvo en una pequeña ciudad del sur del país. Pensó. Pero en realidad no había sido así. Antes de que su hija naciera, ella bailaba y disfrutaba de la vida nocturna fuera con o sin su esposo, pues las esposas de los médicos del hospital salían con frecuencia a costillas de los sueldos hospitalarios. Juanita no era derrochadora, pues no tenía la necesidad de depender de su esposo, ya que era la única hija de un empresario de origen catalán y de una enfermera, que le dieron cuanto pudieron. Cuanto añoraba su antigua vida, cuando se llamaba Juana Antonia Borell Ripoll-Rizo y disfrutaba de los pastizales de su vieja granja en Portland, donde aún era independiente y tenía autonomía sobre ella misma.

-¿Qué podría decir de mi esposo?, bueno, es un hombre trabajador, amoroso, muy dedicado a su trabajo, es… algo molesto a veces que no este en casa. En si es un buen padre. ¿Me lo preguntas?, claro que aún lo amo, ¿Por qué debería de dejar de amarle? No, definitivamente no, Eduardo solo me quiere a mí. Lo sé, lo sé. A todas no nos tiene que pasar eso, porque a ti te haya pasado, no sig… perdón. Olvido que no debemos tocar ese tema. No te vayas, quédate a cenar, preparé algo. Está bien nos veremos después.

Su hija ni la determinaba, Juanita alguna vez creyó que solo era un útero y ya, nada más. Su hija era muy buena en el instituto y lo único semejante que tenía era su sonrisa, el resto de Lucia era el vivo retrato de las mujeres de la familia Valder. Los Valder, que familia tan dispareja. Una familia aristócrata de creencias políticas de principio de siglo, con un solar enorme, donde cada fin de mes, el desfile de vestidos y pavas de todos los estilos adornaban el pasillo donde se sentaban a conversar. Su suegra no hablaba, una cirugía de tiroides había destruido uno de los nervios que les daba vitalidad a sus cuerdas vocales y solo mediante ademanes y pequeñas sonrisas lograba trasmitir a su progenie cuanto pensaba, y aunque alguno que otro sonido gutural se escapaba, la familia viraba la atención a ella, esa mujer que los había criado sola, sin dejar atrás su posición social, pues su esposo había fallecido cuando cabalgaba de noche por los linderos del solar.
Un cero a la izquierda era más poderoso que ella. Sin un detalle, sin ya una caricia o insinuación de su tan ocupado marido, pasaba su deplorable existencia entre los diplomas, libros y fotografías familiares. Tenía presente cuantos días habían pasado desde la ultima vez que su doctor la hubiera examinado, cuantos días exactos habían pasado desde que dejo de despedirse con un beso en la boca a un beso en la mejilla, luego un beso en la frente y terriblemente un adiós desde la puerta de la habitación. Una tarde empezó a fumar y así mitigó un tanto su soledad, luego empezó a beber cada una de las reservas de vino, y después dejo de maquillarse y usar los vestidos de diseñador. Parecía una deplorable anciana que no se asomaba a los 40 años, con una bata salmón que le cubría el pecho y dejaba entrever unos muslos que habían podido ser de exhibición. Con ojeras y unos cuantos cabellos rubios cubriéndole uno de sus ojos, preparaba café para todo el día y lo tomaba amargo, sentada en esa silla mohosa de tanto humo exhalado en ella. Se rascaba la cabeza con amargura y se espantaba una que otra mosca que se le acercara a su cabeza. Parecía inerte. Un ente. Y vio con desilusión como sus amigas ya no la invitaron más a departir.
Se preguntaba vehemente cada tarde, cuando despertaba de su sueño inducido por los fármacos recetados por su esposo, que había hecho mal y como salir de ese agujero negro que llamaba vida. Y comenzó a pensar en acciones oscuras, algo que una mujer de su clase no haría, en cosas que ni cuando estudiaba medicina se le pasaron por la mente. Su marido era el culpable. Su marido la había absorbido. Su marido nunca le dio su lugar y solo era un útero, únicamente utilizada para concebir.
Un día cualquiera, preparó café negro, se puso una bata blanco, se pintó los labios, se trenzó el cabello y se sentó en una silla de la sala frente a la puerta de entrada, tomó sus cigarrillos y empezó a fumarlos uno a uno, esperando que fueran las 7 de la noche. Apagó la luz y solo el rojo de su cigarrillo se iluminaba mientras aspiraba grandes bocanadas que incrementaban su determinación a hacer lo que iba a hacer. Pasaba las 7 y 30, las luces del automóvil del doctor resplandecieron la sala al entrar por el gran ventanal con motivos católicos. Escuchó como la puerta eléctrica del garaje se abría, dándole paso al automóvil que se detuvo antes de chocar con la pared. Había sido un día arduo de cirugías y de consultas de pacientes y el doctor solo tenia en su mente cenar y dormir, pero no dormir para siempre. Así que sacó las llaves de su portafolio y abrió la puerta de su casa, donde hallaría a su amada esposa. Juanita aspiró el humo del cigarrillo, miró como su esposo abría la puerta y se posaba en medio de esta,  deshizo su carrizo sacando una pequeña arma que escondía celosamente. Hola amor, pronuncio con desprecio, propinándole tres impactos de bala en su frente. El cuerpo del medico cayó impactando el piso de cerámica. Y la sangre emanó de su frente como un nacimiento de un río, haciendo una gran mancha e impregnando el ambiente de un hedor a hierro. Juanita le cegó la vida a quien le dio vida, tras encontrarla en el psiquiátrico. Cuando los vecinos acudieron tras los ruidos en la casa Valder, vieron a Juanita con el arma en una mano y en la otra un cigarro fumado a medias, mientras farfullaba que era libre. Tanto deseo su antigua vida, que en el mismo pabellón psiquiátrico donde vio por primera vez al doctor Valder, pasaría el restó de su vida, añorando jugar en la granja de Portland donde pasó su infancia.

martes, 24 de enero de 2012

Un médico perdido.

-Tanto revuelo en Salamina, ¿por un desaparecido?

-Es que se desapareció el Doctor desde el Domingo.

-Hoy es Lunes…debe estar por ahí.

- Pero está desaparecido, mire cómo está el país! que peligro, ¿qué le habrá pasado?

- Pero es Lunes, mujer! Entiende… aún no lo pueden catalogar como desaparecido…

-Pero pobre de la mamá, debe estar llorando!

-¿Y?

-Es el dolor de madre, hay que rezar para que aparezca el Doctor!

-AÚN NO ESTA DESAPARECIDO! No lleva ni 24 horas!

-Insensible! insensible! ¿Cómo puedes decir eso? ¿Acaso no piensas en nuestro hijo? Yo me muero si él se desparece así!

- Aghhh Mujer… No voy a pelear, pero lo único que te diré y espero no me reproches es: Si ese muchacho no fuera médico, ¿entonces? ¿Lo estarían buscando? ¿Lo buscarían si fuera un campesino sin estudio, desaparecidos hace unas pocas horas?  ¿Lo buscarían si fuera una anciana con enfermedad terminal? ¿La buscarían? o dirían que ¡Dios sabe cómo hace sus cosas! ¿Le van a echa de nuevo la culpa a Dios? Creo que el pobre tipo debe estar escondido y sabrá solo él, porque se fue de su trabajo. Pero aquí lo que hay que resaltar, es ese amarillismo televisivo mantienes viendo! ¿Es que acaso alguien no puede tan solo estar un tiempo relajado y libre de tanta atadura de tecnología e información? Pero si me gustaría saber, entonces porque no sale en el noticiero el viejito que se perdió en enero, o el vagabundo que ya no volvió a la panadería a pedir migajas, o que paso con la quinceañera, con su traje en la foto en la cartelera de la iglesia ¿ahhh? dime! dime! Solo lo buscan porque es un médico. Si todos valemos lo mismo, ¿por qué no buscan al resto? Claro que hay que buscar al médico, pero todo a su tiempo, de eso se encarga la policía, pero deberían hacer lo mismo con TODOS! Hay familias que esperan una noticia, cualquiera, pero muchos padres mueren sin saber qué pasó con sus hijos y lo peor de todo es que el Estado no los buscó, porque nunca salieron en el noticiero, eran donnadies. Eso no es justo mujer!

jueves, 15 de septiembre de 2011

De la convulsion y otros demonios.

Desde el día anterior cuando fui al centro de la ciudad a reclamar mis nuevas gafas que costaba menos de un porcentaje pequeño de lo que es un salario mínimo en este país, decidí ir a comer empanadas con muchas salsas, en verdad que estaban deliciosas, ademas es la única forma que yo como carne. Luego me fui caminando a la Universidad que se encontraba en asamblea y me puse a oirla, hasta que dos chicas de industrial por poco se "mechonean". Yo soy divertido y recochero, pero estos actos no me agradan, ademas en la mañana había desperdiciado mucha agua, por lo cual muchos estábamos incorfomes con esta manera de "celebrar" el cese de actividades. Como yo estudio en una universidad publica, podrán conocer que la libertad aquí es muy amplia por lo tanto fumarse la naturaleza pasa a ser un acto simbólico y poco amedrentado por la población universitaria, ya que se deja de pensar en el típico muchahco lagañudo, flaco, acabado, rebelde, con ropa sucia y rota y un cabello que parecería que el huracán Irene les hubiera pasado por allí , a ver un joven universitario que solo quiere tal vez, divertirse un rato en el mundo cósmico. Y bueno pues estando en la media torta de la universidad, creí que los vapores habían llegado a mis alvéolos y atravesado mi meninges, y por ello sentía el mareo y algo de nauseas. No fue hasta que llegue a mi casa y hable con mi madre, le comente que me sentía mareado, pero era distinto, era como si no estuviera en mi cuerpo y se lo atribuí a los vapores que expelían la boca de esos cientos de estudiantes. 


Pocas horas después cuando estaba hablando con mi mejor amigo, fue cundo empece a sentir escalofríos y a elevarse la temperatura y decidí irme a la cama... pero tuve una terrible noche, el mareo seguía, mis nauseas y ardor en mi cuerpo desde mi cuero cabelludo hasta mis falanges. No soporte escuchar música esta noche. Habitualmente me gusta escucharla mientras me duermo, pongo mi Ipod cerca a mi almohada y escucho hasta que salga de nuevo el sol. Pero esta vez no fue así... me dolía todo y pensé que tenia Dengue... por que me dolía hasta los ojos!. El problema era que debía ir al Hospital a reunirme para la investigación que debo hacer en este semestre. Mi mejor amigo me llamó a preguntarme como seguía.. no había mejoria y empeoraba cada vez más. En el viaje al Hospital me arrepentía de no haberme quedado, pero como ya no tenia excusa oportuna decidí ir, pero lamentablemente como había un simposio la doctora tardo en atendernos y bueno tenia consulta y se marcho, así que nuestra reunión se había frustrado. Mi compañera de investigación me pidió que le acompañara a hacer mercado, ya que había regresado de su casa y no encontró nada para comer. Acepte acompañarla ya que pues regresaría a casa y solo me iba a dormir, eso suponía yo. Un poco más lejos del camino del Hospital, empece a sentirme mal, de hecho tuve que detener mi marcha y descansar, no lograba coordinar mis piernas... esta ya muy mareado, pero continué. Llegamos al supermercado, cuyo nombre no puedo decir puesto que si no dejan tomar fotografías mucho hacerle propaganda por estos medios y ni mucho menos de la forma en que la haré a continuación. Empezamos a deambular por los pasillos escogiendo los productos para la compra de mi amiga, aún me sentía muy mal. Pasamos por los aceites y ella me pidió que le ayudara a escoger cual seria mejor por su cantidad y precio, ya que soy muy hábil para las matemáticas; Pero allí me dí cuenta de que algo andaba mal, no pude responderle e inmediatamente perdí mi sentido de la audición. Me asuste mucho y le dije: estoy sordo y no veo, me voy a sentar. Ya empezaba a notarse la ausencia de sangre en mi cara y mis brazos, pero seguía caliente por la fiebre. Mi amiga lamo a un guardia, me ayudaron a sentarme en una silla y me trajeron agua, me preguntaban que si era hipertenso, que estaba tomando de medicamentos, no sé si respondí no lo recuerdo bien. Mi amiga me dejo un momento solo pues creía que ya se me pasaría. Lo ultimo que recuerdo fue que el guardia deposito azúcar en el agua y después de tomarla caí sobre la mesa como si me hubiera desconectado de mi columna cervical. Mi visión se nublo y deje de estar conectado a este mundo. Lo que ocurrió después me lo relato mi amiga: " Cuando caíste a la mesa, todos corrieron en tu ayuda, te pusieron en el suelo y les dije que levantaran tus pies, pero había muchas personas y te pusiste muy blanco! Me asuste mucho pues en momento que me fui, te encontré en el piso rodeado de personas que veían el espectáculo de tu desmayo. No respondías a los llamados, preguntaban si respirabas o no, te sujetaban de mil y una formas sin saber que hacer, tu pulso bajo muchísimo, ya no era detectado en la arteria radial, estaba a menos de 90 mm de Hg, estabas mal Jorge.. Te llamaron Don Jorge! te halaban el dedo del corazón,  te sujetaban, incluso te levantaron de la cabeza, parecías un muñeco circulando de mano en mano con los guardias, los bomberos y las señoras de la caja y uno que otro curioso que quiso ayudar. De pronto empezaste a moverte, era el lado derecho de tu cuerpo, convulsionaste amigo! fue poco, pero las personas no te dejaron mover (un gran error, solo debían sujetar mi cabeza y no permitir que me golpeara). Eran 9 personas sujetándote de las piernas, la cabeza, antebrazo y muñecas más las que seguían halandote el dedo del corazón. Poco después, unos 5 minutos máximo abriste los ojos, no podías hablar y mirabas hacia arriba muy desorientado, todos te decían que tranquilo que no te movieras... ademas que estaban vigilando tu pulso y respiración que no se recuperaba aún. Llamaron a una ambulancia, la cual no llego... y tuvimos que irnos en taxi a la clínica. 

Llegamos a la clínica, nos hicieron el Triage. Esperamos una hora para ser atendidos por el medico, quien reviso mi cuerpo y luego se dio cuenta de que en mi garganta había un ser extraño, una pequeña bacteria que amenazaba con poblar toda mi faringe, el pequeño y repugnante y viejo amigo, Streptococo piogeno. Esta bacteria me sigue y me sigue por toda la vida, cuando se ira? incluso mi profesor no dejo operarme, pues me dijo que se atrofiarían mis amígdalas y ya no sufriría de ello... desde que lo dijo me han dado 3 más! Empezó a decirme, el doctor que me revisaba, que podía tener un síndrome llamado PANDA (Pediatric Autoinmune Neuropsiquatric Disorder Associated with Streptococo) y puede ser que con la presencia de streptococo en mi cuerpo me haga convulsionar, ademas de tener mi psicosis obsesiva! Casí nadie la conoce, eso me ha dicho el doctor, y solo hay al rededor de 3.000 pacientes diagnosticados y claro que pueden haber más... yo podría ser el 3.001 (risas). Cuando me llevaron a sala de procedimiento, me pusieron Dipirona diluida en 500 cm de solución salina, para el dolor la fiebre y el malestar que tenia en mi cuerpo, de hecho hoy escribiendo esto ya tengo fiebre de nuevo y mis oídos no paran de "chillar"; me administraron Fentanilo para que no fuera a convulsionar y claro el asesino de mi pequeño amigo que se niega a abandonar mi garganta! La inyeccion no fue tan dolorosa como un complejo B, pero me pincharon 2 veces pues la aguja pequeña se tapono! y la grande era un monstruo... a mi me da miedo las agujas, pero eso no impide que cada 3 meses done sangre y de ahora en adelante pueda donar plaquetas! Salí de la clínica con mucha hambre y algo mareado por el medicamento! y bueno ayer en la noche tuve fiebre de nuevo y muchos escalofríos, no fui capaz de hablar ni de poder tragar algo, es más no puede almorzar, me he mantenido vivo a punta de Té! Bueno ahora podre decir que este nuevo síndrome puede explicar mi epilepsia, de la cual las veces que he convulsionado he estado enfermo! y explicar también mi TOC. 

Esta es mi historia de mi nueva convulsión. Agradezco a mi amiga por haber estado allí y acompañarme toda la tarde, ademas de socorrerme. Sigo muy atento a tomar mis medicamentos y esperar recuperarme de la faringitis. 


viernes, 17 de diciembre de 2010

Entierro en Yumbo

Ayer viajaba a Cali y en la carretera Yumbo-Cali se veía a un grupo de personas de todas las edades vestidos con camisas y blusas negras, algunas con logotipos de escarcha y lentejuelas. Lo primero que pensé al vernos es que eran pate de una protesta sindical. De pronto vi a un señor con una corona de flores y luego el imponente ataúd. Una procesión ceremonial hasta el cementerio. El doliente quien llevaba la batuta dejó caer una larga tira, que luego de analizar, supe que era una “culebra de pólvora”. El señor se agachó y con un cigarrillo casi instinto encendió el bullicio. El tráfico se detuvo, mientras el desfile mortuorio danzaba al son del reggaetón, se tomaba aguardiente, se gritaba y la nube de fosforo quemado nos envolvía a participantes y espectadores. Alguien dio la orden de bajar el ataúd y los cargueros lo depositaron en el suelo, donde una señora mayor, con un vestido apretado, lloraba y golpeaba el cristal por donde se asomaba el rostro de su joven hijo. El tráfico seguía detenido mientras la madre lloraba y el velorio andante se entusiasmaba al estar tan cerca del cementerio. Después de continuar la procesión, el ataúd se bañó más y más en aguardiente, despidiendo a su amigo, al primo, al hermano, al hijo que este diciembre ya no bailara, ya no los besara ni abrazara. El camino de la muerte entre celebración y dolor.