domingo, 22 de julio de 2012

La verdad (Esos besos que no son míos III)

"Nunca más oíste tu hablar de mí. en cambio yo seguí pensando en ti. De toda esta nostalgia que me quedó y del tiempo que pasó, no te olvidaré"- Escuchó Alejandra Holguín, acostada en su cama junto a su gato, sollozando con agonía por verdad que rondaba su mente y su espíritu. "Ya no te amo". Le daba golpes a la mesa, a su cama y a la pared de la casa del Oeste. Cuando le dijo que ya no le amaba, agarró su cara entre las manos, se halo los ojos deseando sacarlos de sus cuencas, tomo los dibujos enmarcados que Sebastian le había obsequiado, los arrojo por toda la habitación y se quedaron rotos por el suelo. Levemente se acerco a ellos y los estrujo sobre su pecho y lloró de rabia. Lagrimas y sangre se mezclaron. Su alma en mil pedazos ahora estaba. Lloraba viendo ese mar de recuerdos.

La distancia y su cambio de humor incompresible terminaron por destruir ese castillo en las nubes. Ahora era un hecho real. Se disolvía el binomio. Fueron 8 meses de un cuento mágico atacado por dragones y gnomos. Pero ella no podía aún asimilar que mientras ella se batía entre los embrollos más banales, su ser amado construía un nuevo lazo amoroso, del cual ella ya no era una opción valida.

Con la cara llena de lagrimas negras, muriendo en su cama de ese dolor que no se puede clasificar ni por el mejor semiologo francés, empezó a recordar cada uno de los fatídicos momentos, pidiéndole a Dios que a cambio de su vida le permitiera regresar al pasado. Y su mente empezó a relatar lo que para ella era un mal sueño del que deseaba despertar. Pero era imposible. 

Recordó cando dibujaron un corazón que entrelazaba las inicias de sus nombres,  sobre la corteza de un árbol cerca a su casa, para inmortalizar su amorío. Alejandra en su melancolía empezó una perorata nocturna: En ese parque hablamos sobre el amor que nos teníamos, hablamos sobre los kilómetros que nos separaban pero que seriamos uno, incluso caminamos por las hojas secas de los arboles que trajeron alusión del sueñe premonitorio en el que la piel de la serpiente se quedaba atrapada en el humus y la voz nos decía que sufriríamos, pero a la final nuestras manos no se separarían. Así pasaron los días y veíamos como los latidos eran al unisono y los ronroneo del gato nos mantenía unidos, como debió ser. Admito que tuvimos peleas muy fuertes, llorábamos y nos dejábamos de hablar.  No sé si era la costumbre, pero en mi casa cuando alguien se enojaba deja de hablar. No entiendo que sucedió ahora, porque antes cuando nos peliabamos, volviamos a juntábamos con mas apego, para terminar sudando y gimiendo entre sabanas, diciendo el nombre del otro al tiempo, hasta nos brotaba un orgasmico TE AMO! 

Sentía el adiós como un disparo, como una farsa, como si todo lo vivido solo se quedaba en su mente, en la nostalgia del ayer. Se preguntaba si su amante había llorado al pensar las palabras para terminar la relación. Se preguntaba si guardaba su foto, como ella hacia con las de él. En que momento aceptaría la realidad, por más que lo negara, por más que apelara a la cordura, sentía el dolor inminente de la muerte, al pensar que los besos que la hacian suspirar y olvidarse de todo, esos besos ya no eran suyos. 


Desequilibrio de amor.


Tú y yo. Yo sin ti. Tu sin mi... no logro articular otro pensar que este terrible sentimiento. Y esta tristeza que se abre como la boca de un muerto tiznando todo a su paso, su sombra que huye en la oscuridad, su soledad tan única, un grito que sale del pecho, una lagrima que recorre la mejilla mientras se leen las palabras del amor no correspondido. Yo lloré un río Magdalena en mi cama. Yo grite más alto que los criollos el día de independencia. Yo gemí más que una parturienta. Un sentimiento que me hiciste abortar, gangrenando mi visceralidad, mi fuerza, mi esperanza de niña rebelde. Y nadie me escucha en esta coraza, sola vagando sin tu amor, como una fruta podrida que se cae de la rama más alta del árbol que sembramos una tarde de noviembre mientras me  prometiste amor eterno. Un amor que se disipó y ahora lo vuelves a tener con aquella que llegó en el momento indicado, según tu insolente opinión.

Y se increpo la voz desde el fondo de la garganta, con tan solo gemidos mientras pataleaba entre dibujos y vidrios, entre las falsas promesas de amor en cartas y en el sí bemol. Mi mundo acuarela se derritió en colores de espanto y muerte con mi leprosa realidad. Trozo a trozo desarmándome como si fuera un hechizo de Cenicienta. Aislada en una pequeña burbuja, creía que el olor de la podredumbre no me alcanzaría jamás. Pero no supe cuando te soltaste y dejaste de endosarme mi cheque de miles de te amo a mi nombre. La magia de los dragones y gnomos que nos rodearon fueron más fuertes que las espadas que forjamos en estos 8 ciclos de luna. Te fuiste sin decirlo, sin darme cuenta. Culpable yo, yo absoluta, simplemente yo, por ser tan terrible como soy, por no medir mi fuerza, por sobrepasar las reglas, por imponer mi voz, esa que ya no me sale y que solloza de pavor solo al ver tu luz fulgurando cual veleta alrededor de una fogata que huele a hierbas y café. 

Todos se alistan para la fiesta, mientras yo me dibujó una sonrisa de payaso para sobrellevar esa tortura de aceptar que no tendré el sabor de frambuesa de tus labios recorriendo mi cuello una vez más. Desde cuando el viento cambio de dirección y deje de ser la bandera roja del norte que te indicaba la meta. Mientras me deshago de mis armas y mis flores, no dejo de recordar aquellas tardes cuando el sol se filtraba por las cortinas como insignia de nuestra aventura, con las sabanas empapadas de sudor, tomados de la manos con tanta fuerza, pasando la tarde confinados en un cuarto de cielo esmeralda y tonos rojos como el latir de nuestros corazones, allí donde las manecillas giraban con la parsimonia que hacia posible el efímero encuentro tan temido por los carceleros, tus carceleros indómitos a mi primavera de colores. 


Volaste lejos, en tu camino ya no estaba mi nombre y tu fuego se apago, deje de suspirar, como si el aire se me acabara. Me arroje a un acantilado rocoso, sentí el millar de agujas importándome en los ojos. Cuando los abrí, tu rostro había desaparecido. Solo oscuridad y un abismo de ansiedad y desespero que se enredaba en mis manos, en mis piernas, en mi cabello, no valía la pena gritar, mi salvador desaparecido no me reanimará y solo en una idea delirante de mi mente trastornada y falta de amor, sentía tus manos sobre mi cuerpo amándome de nuevo como si nunca hubiéramos salido de ese pequeño cuarto de alquiler para amantes fortuitos. 

viernes, 15 de junio de 2012

Lagrimas de sangre.


Tan feliz que se le veía. Tan unida a su familia. Con sus vestidos de los años 50 traídos a la modernidad, algunos imitando el estilo de Jackie Kennedy, siempre maquillada y lista para salir. Catando vinos, riendo y paseando de la mano de su esposo, el prestigioso medico, el doctor Eduardo Valder. Era ella, Juanita Valder, quien ahora con unos años de más se sentaba a mirar el sol de la tarde sin nada que hacer, con una tasa de café fría y amarga, recordando el pasado, añorando sueños no cumplidos y esperando a que su esposo y única hija regresaran a casa o al menos la llamaran para decirle que el trafico estaba insufrible y tardarían en llegar. Cada día se había vuelto igual, sabia que era fin de semana por que su hija Lucia Valder no hacia ruido al marcharse al instituto y que iniciaba el Lunes, porque la casa quedaba vacía. Las únicas exhalaciones que hacia durante su eterna estancia en casa eran suspiros. Ya no llevaba el cabello lacio y planchado sobre sus hombros, no se ponía las perlas que su madre le había regalado cuando se comprometió con el medico y su barniz de uñas ya no estaba tan a la moda. Podría decirse que la mujer del aseo se vestía y se veía mucho más presentable que ella. Su tristeza se había hecho más grande, cuando su esposo empezó a dar conferencias por el país, pues había logrado un gran hallazgo en el campo de las neurociencias y le requerían más a menudo, y pues el doctor Valder se había negado a renunciar a su ardua labor en el hospital; por lo tanto Juanita había pasado a otro plano, el del hogar y ya no era digna de presentar en los eventos a los que asistían en la semana. Se lamentaba no haber terminado su carrera. Hubiese sido magnifico estar en el hospital entre pacientes, pensaba con melancolía. Siempre quiso ser pediatra, pero cuando cursó pediatría se desilusiono al ver morir en sus manos a un recién nacido y entró en una crisis que consiguió sacarla de la facultad, permaneciendo en el pabellón de psiquiatría hasta que su esposo la encontró y empezó el romance. Tal vez pensó que seria bueno ser una mujer promedio que se quede en casa a cuidar a los hijos, verlos crecer y compartir con ellos, para ser una excelente madre y darles una feliz infancia como la que tuvo en una pequeña ciudad del sur del país. Pensó. Pero en realidad no había sido así. Antes de que su hija naciera, ella bailaba y disfrutaba de la vida nocturna fuera con o sin su esposo, pues las esposas de los médicos del hospital salían con frecuencia a costillas de los sueldos hospitalarios. Juanita no era derrochadora, pues no tenía la necesidad de depender de su esposo, ya que era la única hija de un empresario de origen catalán y de una enfermera, que le dieron cuanto pudieron. Cuanto añoraba su antigua vida, cuando se llamaba Juana Antonia Borell Ripoll-Rizo y disfrutaba de los pastizales de su vieja granja en Portland, donde aún era independiente y tenía autonomía sobre ella misma.

-¿Qué podría decir de mi esposo?, bueno, es un hombre trabajador, amoroso, muy dedicado a su trabajo, es… algo molesto a veces que no este en casa. En si es un buen padre. ¿Me lo preguntas?, claro que aún lo amo, ¿Por qué debería de dejar de amarle? No, definitivamente no, Eduardo solo me quiere a mí. Lo sé, lo sé. A todas no nos tiene que pasar eso, porque a ti te haya pasado, no sig… perdón. Olvido que no debemos tocar ese tema. No te vayas, quédate a cenar, preparé algo. Está bien nos veremos después.

Su hija ni la determinaba, Juanita alguna vez creyó que solo era un útero y ya, nada más. Su hija era muy buena en el instituto y lo único semejante que tenía era su sonrisa, el resto de Lucia era el vivo retrato de las mujeres de la familia Valder. Los Valder, que familia tan dispareja. Una familia aristócrata de creencias políticas de principio de siglo, con un solar enorme, donde cada fin de mes, el desfile de vestidos y pavas de todos los estilos adornaban el pasillo donde se sentaban a conversar. Su suegra no hablaba, una cirugía de tiroides había destruido uno de los nervios que les daba vitalidad a sus cuerdas vocales y solo mediante ademanes y pequeñas sonrisas lograba trasmitir a su progenie cuanto pensaba, y aunque alguno que otro sonido gutural se escapaba, la familia viraba la atención a ella, esa mujer que los había criado sola, sin dejar atrás su posición social, pues su esposo había fallecido cuando cabalgaba de noche por los linderos del solar.
Un cero a la izquierda era más poderoso que ella. Sin un detalle, sin ya una caricia o insinuación de su tan ocupado marido, pasaba su deplorable existencia entre los diplomas, libros y fotografías familiares. Tenía presente cuantos días habían pasado desde la ultima vez que su doctor la hubiera examinado, cuantos días exactos habían pasado desde que dejo de despedirse con un beso en la boca a un beso en la mejilla, luego un beso en la frente y terriblemente un adiós desde la puerta de la habitación. Una tarde empezó a fumar y así mitigó un tanto su soledad, luego empezó a beber cada una de las reservas de vino, y después dejo de maquillarse y usar los vestidos de diseñador. Parecía una deplorable anciana que no se asomaba a los 40 años, con una bata salmón que le cubría el pecho y dejaba entrever unos muslos que habían podido ser de exhibición. Con ojeras y unos cuantos cabellos rubios cubriéndole uno de sus ojos, preparaba café para todo el día y lo tomaba amargo, sentada en esa silla mohosa de tanto humo exhalado en ella. Se rascaba la cabeza con amargura y se espantaba una que otra mosca que se le acercara a su cabeza. Parecía inerte. Un ente. Y vio con desilusión como sus amigas ya no la invitaron más a departir.
Se preguntaba vehemente cada tarde, cuando despertaba de su sueño inducido por los fármacos recetados por su esposo, que había hecho mal y como salir de ese agujero negro que llamaba vida. Y comenzó a pensar en acciones oscuras, algo que una mujer de su clase no haría, en cosas que ni cuando estudiaba medicina se le pasaron por la mente. Su marido era el culpable. Su marido la había absorbido. Su marido nunca le dio su lugar y solo era un útero, únicamente utilizada para concebir.
Un día cualquiera, preparó café negro, se puso una bata blanco, se pintó los labios, se trenzó el cabello y se sentó en una silla de la sala frente a la puerta de entrada, tomó sus cigarrillos y empezó a fumarlos uno a uno, esperando que fueran las 7 de la noche. Apagó la luz y solo el rojo de su cigarrillo se iluminaba mientras aspiraba grandes bocanadas que incrementaban su determinación a hacer lo que iba a hacer. Pasaba las 7 y 30, las luces del automóvil del doctor resplandecieron la sala al entrar por el gran ventanal con motivos católicos. Escuchó como la puerta eléctrica del garaje se abría, dándole paso al automóvil que se detuvo antes de chocar con la pared. Había sido un día arduo de cirugías y de consultas de pacientes y el doctor solo tenia en su mente cenar y dormir, pero no dormir para siempre. Así que sacó las llaves de su portafolio y abrió la puerta de su casa, donde hallaría a su amada esposa. Juanita aspiró el humo del cigarrillo, miró como su esposo abría la puerta y se posaba en medio de esta,  deshizo su carrizo sacando una pequeña arma que escondía celosamente. Hola amor, pronuncio con desprecio, propinándole tres impactos de bala en su frente. El cuerpo del medico cayó impactando el piso de cerámica. Y la sangre emanó de su frente como un nacimiento de un río, haciendo una gran mancha e impregnando el ambiente de un hedor a hierro. Juanita le cegó la vida a quien le dio vida, tras encontrarla en el psiquiátrico. Cuando los vecinos acudieron tras los ruidos en la casa Valder, vieron a Juanita con el arma en una mano y en la otra un cigarro fumado a medias, mientras farfullaba que era libre. Tanto deseo su antigua vida, que en el mismo pabellón psiquiátrico donde vio por primera vez al doctor Valder, pasaría el restó de su vida, añorando jugar en la granja de Portland donde pasó su infancia.

lunes, 11 de junio de 2012

Charlando con Kopp.


En mi ultima travesía por el país, tuve la oportunidad de ir al Cementerio Central de Bogotá. Tenia ansias de conocer a dos personajes en especial, uno de ellos a Francisco Santander, compañero de batalla de Simón Bolivar. Santander fue apodado el traidor de la patria, es que a veces cuando no sigues las ideas por más disparatadas e indignas que sean, te acusan de traición.  Y el segundo, a Leo Kopp, un alemán que fundó la cervecería Bavaria. El señor Kopp acostumbraba a escuchar los problemas de sus trabajadores y les ayudaba a resolverlos, por lo tanto, junto a mi amiga y lectora de este blog,  Daniela Gonzalez, fuimos a pedirle ayuda en nuestras carreras de medicina. Confío que el señor Kopp nos haya escuchado y nos sonría desde el cielo con un poquito de su generosidad. 

Gracias señor Kopp. 

domingo, 6 de mayo de 2012

De la violencia y otros demonios.


Lo vi crecer. Lo vi morir. Desde que estaba en mi vientre, pensé que sería la madre más orgullosa del mundo. De hecho, lo he sido. Pero ya no soy su madre, al menos no en la tierra. Y es que fue tan pronto que no pude despedirme, que no pude volver a sentir sus saludos, sus gritos, su inconformidad de joven, sus insistentes permisos y el dinero de más para salir por ahí. Siempre vi que Harold era desde niño un ser muy diferente a los demás. Siempre fue tan elogiado por sus compañeros en el colegio, tan risueño, tan lindo con todos, era mi muchachito. Podía no ser el mejor estudiante, pero siempre me hizo feliz que lo intentara. Pero que repelente era para el estudio, una lidia para que hiciera las tareas. Solo quería estar con esos muchachos, esos que eran oscuros, que quien sabe cuánto mal habían hecho en sus casas. Pero quien le quitaba de la mente a mi Harold que esos no eran amigos, que ellos no lo dejaban ver la realidad y le crearon unas fantasías de poder tan fantasiosas como efímeras. Es duro saber que ya no crecerá más, que no lo tendré a mi lado. Pero hay algo que no puedo comprender, cuando él murió la gente comentaba sobre sus planes, sus deseos y fantasías, yo no podía creer que tuviera grandes ambiciones de crecer de manera exponencial, sin el sudor debido. ¿Qué fue lo malo que pasó? No comprendo de cuando a acá, los jóvenes ya no querían libros sino ese respeto impuesto por las armas.

 Fue entonces, esa noche de Enero, en la que me pidió permiso por última vez para salir un rato a la calle, una noche más antes de regresar a la universidad y continuar sus clases de leyes. Me sentía orgullosa que a pesar que mi hijo no fuera el mejor, se había decidido por estudiar una carrera y que más orgullo que en unos cuantos años, tendría a mi abogado. Como ya se e iba para la Universidad, con el rosario en la boca,  le di permiso para que se despidiera de sus amigos entre ellos esos que no me agradaban para él.  Que tan extraño fue que esa semana, se había vuelto más apegado a mí y hasta me acompañó a misa, cosa que no le gusta pero pensaba que podía ser por la pronta partida a su realidad académica.

 El mejor amigo de Harold, era Néstor, un joven mayor que él, que venía de la capital, acostumbrado a que los edificios ocultaran el sol, no como aquí, que es la montaña quien lo hace. Nunca lo conocí, pero su nombre era pan de cada día, pero Harold me decía que era bueno y creo que conocí a una de sus tías, una ex profesora del Liceo, el único colegio que no había sido invadido por los “nuevos ricos”. Néstor llamó a mi hijo, y lo invitó a salir, a tomarse algo y charlar, cosas de jóvenes. Mi hijo salió de casa, caminando hacia la casa de su amigo Néstor, paso frente a una fiesta, en una casa cercana, allí se reunieron jóvenes entre conocidos y no, entre lo que llaman sanos y otros con un prontuario. Así que decidió entrar, saludar a unos conocidos y esperar a la llegada de su amigo.

 Lo que yo no sabía pero casi todo el pueblo sí, es que desde hace mucho se venía planeando eliminar, si eliminar, eso dicen ellos, los asesinos, a algunos jóvenes sumergidos en el microtrafico que amenazaban a los grandes traficantes por sus precios económicos. Esos negocios ilícitos son la perdición. El crimen está muy organizado, es algo increíble que tengan leyes, que tengan que seguir órdenes, repartirse las ganancias. Es un negocio de droga y muerte, que tiene uno que estar ciego y sordo para aceptarlo, pero siendo así, muchos jóvenes envían su hija de vida a ver si les dan un chance de admisión. Estos negocios tienen sus consecuencias y cuando hay un objetivo, todo a su alrededor puede caer. Esto le pasó a mi hijo Harold, ahora ya hace parte de una estadística, ser uno de los primeros muertos del año nuevo. 9 días después de estar abrazados todos al son de las campanas de las 12 de la noche, él se nos iba al cielo. Esa noche su risa contrastaba con la música de la fiesta de despedida. Solo debía aguardar algunos minutos, sentado en el antejardín de la casa, a que llegara Néstor. Casualidad de la vida, pasó una antigua compañera de colegio por esta casa, Ximena y lo vio allí sentado. Se detuvo y lo saludó. Ella venía con un joven que estudiaba en la misma universidad de Harold. Su nombre era Gregorio y ya estaba a punto de terminar su carrera, solo le faltaban algunas semanas para completar la pasantía y obtener el diploma.

 La vida es tan ambigua a veces, uno solía pensar que los que debían morir serían los ancianos, pero no. Eso ya no. Ahora quienes mueren son los jóvenes, quienes nunca verán un mañana, no tendrán una familia y no podrán realizar sus sueños, por más utópicos que sean. Triste coincidencia cuando lo indebido y lo injusto se mezclan con el caos y la oportunidad de hacer daño. Esa noche, en esa fiesta cuando las risas de los jóvenes que se despedían de sus vacaciones de Navidad, en ese mismo momento y lugar, se encontraba también un vendedor y supuesto sicario, que gozaba con los chistes y la música como si fuera uno más de los despreocupados celebrantes. Nadie sabía lo que ese sujeto era. Es extraño pensar cómo podemos estar sentados con nuestro enemigo, con la persona que le puede estar haciendo daño a los demás incluso hasta a uno mismo y no saberlo. ¿Cómo saberlo?, pregunta que hago al viento; su respuesta no la escucharé jamás.

Las noches de enero son cálidas así que algunos integrantes de la fiesta se trasladaron al jardín delantero entre ellos Harold que les  presumía a sus amiga Ximena y Gregorio, el celular que con esfuerzo su papá y yo le habíamos regalado para Navidad. La celebración se detuvo en segundos, cuando uno de los muchachos, creo que su nombre era Mauricio, salió corriendo hacia el interior de la casa, y un hombre con barba entró tras él, pero nadie notó algo fuera de lo normal. Y fue entonces cuando una ráfaga de sonidos aturdidores se escuchó y empezaron a correr sin saber de dónde venía tal estruendo. El caos se apoderó de la fiesta y empezaron a correr, a refugiarse, a buscar un escondite y otros, como mi hijo,  se arrojaron al piso. Sonaban disparos, gritos, “Corran”, disparos, lágrimas y más disparos. Todo cesó. “Salgan de allí, Harold salga”, alguien grito… Y en ese momento mi hijo, sin nada que deber, solo algunas materias en la Universidad, sin saber con quién se juntaba, y estudiando para defender culpables e inocentes, riendo y festejando, y con el corazón en la mano decidió levantarse, su plan de huir del lugar se frustro en segundos. El hombre de barba salió de la casa, cumpliendo su labor de terminar con la existencia de su colega sicario, saldando las deudas de su vil negocio, cuando se percató que una masa se movía hacia él, en un intento de ponerse de pie, el hombre disparó tres veces y corrió hasta su motocicleta, ahogando cualquier sonido de la noche.  El primer de los disparos dio en la pared, el segundo en el nuevo celular y el último terminó cegándoles la vida a mi hijo y luego a Gregorio; los dos jóvenes con sus cabezas juntas protegiendo a su amiga en común, fueron sorprendidos por la bala que les atravesó las cabezas, quitándoles la vida. ¿Era justo aquello que sucedía? Faltaron segundos para que hijo dejara esa casa. Néstor se había detenido instantes antes, pues había visto a varios chicos gritar y correr por sus vidas, pero nunca pensó que era mi hijo quien había perdido la vida tan injustamente. El alborotó de los vecinos me despertó y minutos después, estaba sentada al lado de su cuerpo, tragándome el dolor de madre, viendo como la sangre de mi único hijo, emanaba como una línea que huía del yacimiento.

En esos momentos me pasaban muchas cosas por la mente. Pero no podía responderlas. Solo el dolor era mi vivir, mi pensar y mi existir. Él no vivía aquí, él no tenía nada que ver con ellos, él solo entró a saludar, él solo debía esperar a su amigo para despedirse. Despedirse para irse a la Universidad, no al Cielo. Mi hijo Harold, ni único hijo, mi abogado, mi soñador; sueños que se quedan,  una vida menos, una estadística más, un abogado menos, una cripta más. ¿Cuándo las cosas se van a hacer de otra manera?, ¿cuándo los inocentes dejaran de pagar culpas ajenas? ¿Porque la violencia se ha convertido en algo de leer en periódicos amarillistas? Mi hijo hace parte de esas páginas. Páginas de mi vida que no entiendo.  Espero que mi fe, no deje que respire odio y venganza que den continuidad a un ciclo. Porque la muerte de mi hijo es el inicio y el fin de la venganza, porque no quiero que más madres sufran, que no maten a sus hijos. Nadie merece morir de esta forma.


jueves, 3 de mayo de 2012

Voz.

Me gustas cuando no te callas porque estás presente, 
y me escuchas a lo lejos y sabes de que hablo.
Siempre tan dispuesta y firme en tu pensar,
Me gusta que no te rindas si sola estas,
Y que indomable te vuelvas si tu libertad arrebatar desean.
Me gusta cuando no te callas, porque no eres distante ni dolorosa,
eres la luchadora, la que se impone, la que decide,
Si pasar encima tuyo quieren, imponerte debes.
Si te piden que cedas, sabrás que no conviene la lucha inminente.
Haz lo que es correcto, lo que dicte tu alma y mente.

Deja que callen con tu presencia, 
deja que se manifieste tu emblema, 
deja que el ruido de tu voz entorpezca sus mentes.
que si callar quieren, digas un no sonoro y rotundo,
que retumbe por cielos, y caiga como rayo en su vanidad.
Por que has de retornar al silencio?
Si enfrentarte al dragón de 5 cabezas es doloroso y te empaña,
recuerda que allí estaré yo para ayudarte.
Que tu silencio no se convierta en cobardía,
Que porque es mayoría, tienen la razón?

Acaso escuchar no saben, pues tu voz no les llegara.
Pero que quede que no cediste y firme en tu decisión estuviste
hasta el final, sin importar cuanta lluvia en tu rostro se derrame.
Que no seas una dulce y calmada noche,
Que seas un día voraz, implacable, lleno de vida.
Recuerda no te rindas y no cedas tu voz!
No dejes que se impongan en tu pensar y decidir.

martes, 27 de marzo de 2012

domingo, 18 de marzo de 2012

Andrés. Por Tere.

No me gustan los domingos a amanecer lunes, porque ese día lo mataron, no me gustan los lunes porque ese día lo velamos, no me gustan los martes, porque ese día lo enterramos, no me gustan los miércoles, porque ese día tuvimos que hacer el anhelado viaje sin él, no me gustan los jueves, porque ese día lo seguimos llorando, no me gustan los viernes, porque siempre lo esperamos, no me gustan los sábados, porque fue el último día que lo vimos; en fin todos los días sin él son de tristeza y de una espera sin retorno.

  

Este pensamiento, lo escribió mi tía Tere, para Andrés Escarria. 

sábado, 17 de marzo de 2012

Esos besos que ya no son míos II.

Sonidos de risas, sombras de la tierra vienen a mi mente incitándome e invitándome al infinito e inmortal amor que brilla a mi alrededor como un millón de soles, que me llaman y me llaman a través del universo, pero ¿para qué? ¿Para qué? Si ahora ya no me quedan más dudas, de que tu amor ya se me terminó. Esto duele pero se acabó. Yo solo espero que tú, no te vayas a errar, espero que lo pienses, pues muchas veces así, por un traspié, se pierde un gran amor. Sin embargo es difícil, pero no imposible de asimilar que en verdad ya te perdí y ahora te veo partir. Sé lo difícil que puede ser esto que nos sucede, al menos lo intente, pero yo no gané. ¡Yo sé! Si tuviera una oportunidad le cambiara el final a todo, pero no podría, porque la verdad me da gusto que estés conmigo en la eternidad y entiendo, no eres para mí pero te querré para siempre.  Da dolor pensar, que tantas veces yo decirte oí: ¡ay! Yo te quiero y no podría vivir si te vas. ¿Sabes? ¡Nadie tiene la razón de que exista el amor! ¡Solo hay un tú y yo!! Las promesas de los dos: Me esperaras, aquí estaré. ¡Lo sé!

Solía pensar que el amor no era real, que era una ilusión que siempre se acaba. Amar por amar, y romper a llorar, es lo más cierto y profundo del alma. Ahora que tú te marches, no seré nada, mi mundo pequeño será, mi alma, mi cuerpo y mi voz no servirán de nada, pues sin ti yo no soy nada y mi corazón con trocitos de hielo estará, seré una niña huraña, una niña triste que abraza su almohada, mojada en lágrimas, tirada en la cama, mirando la tele y no viendo nada. Las noches de juerga serán amargas, reiré sin ganas, con una sonrisa pintada en la cara, un pobre actor que olvido el guion, pero sabré que al fin y al cabo tan solo son palabras que no dicen nada.

Que no daría yo por ver tu mirada, por ser como siempre los dos, mientras todo cambia. Ver como nuestras sonrisas opacan el smog de incertidumbre que se enraíza en nuestro caminar. Pero juntos tomados de la mano, viendo el atardecer de cada día, podríamos llegar a susurrar a cada uno un te amo. Sé es estoy enamorada de tu mirada, es que es tan profunda, que se mete en mi alma, la eleva y la inunda.  Estoy enamorada de tus manos, de tu lengua y hasta de tus oídos. Estoy enamorada de tu piel tan trasparente. Estoy enamorada de las cicatrices de varicela en tu labio superior, que bailan cada vez que dices mi amor.  Antes de ti, jamás imagine que un día iba a sentir algo así y que un amor tan mágico viviría. Fuiste la luz de mi vida, mi musa preferida, pero todo se acabó. Fuiste un tango, puro y duro, que ya no quiero ni cantar. Fuiste un caballero de verdad. Que duró 15 minutos y ahora me dejas en luto. Fuiste todo, pero fuiste. Y recuerda que nunca dejaras de mi boca escuchar y decir que: Yo quiero ser tu amor por siempre, por siempre, por siempre. Dejaras un gran dolor en mí. Te iras llevándote consigo la ilusión que un día tu serías solamente para mí. Cuando estés tu sin mí, y ya no sepas que hacer con tanto amor, ese que era para mí, al viento lo podrás dar, para que de él, miles de mariposas vuelvan a volar. Comprenderé algún día, no lo sé, que el amor que un día yo te di, no alcanzó a llenarte el corazón y por eso entenderé que tú te vas, alejándote de mí y sin mirar hacia atrás. Ese amor, que tan locos nos hizo, ya sé que hoy si se fue y nunca más volvió.

 Y aunque pase el tiempo y seas feliz con alguien más, recuerda que no hay nada que haga que me olvide de ti. A  la persona con quien tú has decido irte, no sé si ella sepa, que no hay persona como tú, aquí en la tierra, que solo tú has logrado despejar tantas tormentas de mi vida y ser tan unido a mi como lo es la tierra al sol. Y esa persona que tendrá el acceso a tu corazón merece tu amor, ¡vaya! que bendición, pudo haber sido yo.  Te prometo no vuelvo a llorar. Sé los felices que podrán estar, pero los pediré que cuiden lo que yo soñé, que vivan lo que siempre lo quise para nosotros. De corazón amanse. Por favor no te olvides de mí.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Otro semestre que pasa.

Hoy terminó el semestre. 
El más largo sin duda. Inicio el 18 de Julio y termina hoy, 7 de marzo, 8 meses y tres semanas. Un semestre con el paro más largo que he vivido. No puedo renegar de él. Si no fuera por el paro, no hubiera conocido tan maravillosas personas y no hubiera hecho todo lo que hice, pero esto ya esta en una entrada anterior. 
Hoy y con mucho temor, veo mis notas y podría gritar de la alegría al decir que ya estaba en NOVENO, de Medicina. Ya no tendría que verle el rostro a la cirujana mayor que SIEMPRE SIEMPRE SIEMPRE me causó algo de temor, incomodidad y desasosiego. Prometí ser mejor el próximo semestre, seguir adelante en mi sueño y no dejarme aplastar. Me di cuenta que podía hacer mis trabajos de investigación solo y que era capaz de sacarlo adelante sin que los compañeros de mi universidad me ayudaran. Este semestre, academicista hablando, tuve solo una discusión, pues no me llego una información a mi correo. Eso fue bueno. Solo una discusión. Este semestre, al igual que el pasado y bueno, en sí, los futuros, no hubo celebración ni la habrá, con mis compañeros. Simplemente eso son. Compañeros. Yo que soy tan amiguero, no he podido compaginar con el grupo. Claro esta que les saludo, les converso, estudio con ellos, comparto algunas cosas dependiendo de la ocasión, pero en sí, he sido y seré cerrado a ellos. Pues tras el episodio de burla al que fui sometido cuando los conocí, desde allí, ni más ni menos. Relaciones perdida, por lo menos con esas tres personas que encabezaron la incineración de mi amistad. Ya poco me molesta que ellos o que otros sepan lo que me pasa. Muchas veces, trate de contar mis cosas pero percibí que me equivocaba. En si, tal vez mi parte de “ogro” sea la que domine mi ser.

Me siento feliz de culminar este semestre y pasar al área de Materno- Infantil. Auguro un buen año en ello. Estudio y más estudio. Investigaciones por venir. “Regalarme” cuando sea necesario. Y sobre todo crecer como persona siendo amable, siendo sincero, responsable y tomando la batuta, nada de opacarme… debo demostrar siempre esa luz. Confió en que tendré un excelente año. 

Espero no cambiar mucho mi forma de ser…